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Transcripción de un vídeo de O. Ressler,
grabado en Zurich, Suiza, 22 min., 2004
La idea original que permitió la creación
de este extraño lenguaje secreto surgió
debido a la falta de viabilidad de la terminología
del ala izquierda europea. Hoy en día, nadie
quiere oír hablar acerca del comunismo, es decir,
del Gulag. Ni tampoco acerca del socialismo, es decir,
de la política de Schröder y de los recortes
de las pensiones. En cuanto al resto de las expresiones
más habituales de la izquierda, como "solidaridad"
o "comunidad", éstas han perdido su
significado original y ya no tienen utilidad alguna.
Sin embargo, los conceptos que representan son en realidad
muy útiles. Por este motivo, y dado que no quiero
resignarme a sufrir los efectos de la terminología,
de la que no soy directamente responsable, me inclino
mejor a crear la mía propia. Tardaría
probablemente mucho más tiempo en explicar que
el comunismo del que hablo no es el mismo que el que
yo he visto. Por ello, si afirmo simplemente que soy
partidario del bolo'bolo, consigo que la gente empiece
a reconsiderar y a planteárselo todo nuevamente.
Nací en Suiza y vivo en Zürich. Mi ocupación
principal es la de profesor en un instituto, aunque
siempre he sido políticamente activo en mi tiempo
libre. Soy un viejo activista de los 60; participé
activamente en las manifestaciones en contra del Vietnam
y en eventos parecidos. Posteriormente, me instalé
en casas ocupas y entré a formar parte del movimiento
antiatómico. Estaba bastante implicado en todo
lo que estaba ocurriendo en ese momento, cuando de repente,
el movimiento entero desapareció; todavía
quedaba un movimiento ocupa en Zürich, sabía
que existía un porcentaje considerable de casas
que estaban siendo ocupadas en Ginebra, pero la policía
acabó paulatinamente con todo. A partir de ese
momento, no quedó nada. Una atmósfera
un tanto deprimente se apoderó de todo, como
suele ocurrir tras este tipo de ciclos. En ese momento,
me dije: voy a escribir todo aquello que deberíamos
considerar todavía como importante. Redacté
una lista de deseos, como la que se suele hacer en Navidad,
una larga lista de cosas que todavía merecían
la pena ser tenidas en cuenta.
Ahora que he vuelto a releerla, me doy cuenta de lo
aburrida que resulta. Por ejemplo, cosas como "queremos
convivir en solidaridad", "no queremos crecimiento
económico", o "queremos respetar el
entorno". Los mismos aburridos tópicos socio-ecológicos
que se pueden encontrar en cualquier plataforma política.
Quise rescatarla un poco del olvido, así que
pensé: bien, me inventaré una utopía.
Pero no es en absoluto una utopía. Conozco bien
todas esas utopías. La forma en la que se escriben
provoca una cierta atracción. Sin embargo, me
fascinaba la turgencia, la inmersión en otros
mundos con terminologías propias. Pensé:
puedo llegar a la gente de forma mucho más rápida,
si les vendo estas nociones ilusorias, si las encubro
como utopías.
Así nació este lenguaje. El significado
de "bolo'bolo" no es otro que el de comunismo.
Es una mera traducción; son sistemas sonoros
polinesios. Una vez, hice un viaje a Samoa y me enamoré
de ella. Existen ciertos paralelismos en Samoa, son
retazos de sociedades relativamente intactas que aproveché
para escribir mi libro.
Quiero apuntar el hecho de que no existe una sola idea
en este libro que sea nueva. Todo lo que en él
se encuentra es algo que ya existe. Son muchos los caminos
que te llevan al bolo; la unidad más básica,
hace alusión a la idea de cómo la gente
puede convivir en armonía y sin acabar con el
planeta, con sus nervios y con sus hijos. Un enfoque
es la comunicación: siempre que una persona no
puede hablar racionalmente con otra, acude a un poder
superior, depende de una autoridad superior para comunicarse.
Conocemos, por ejemplo, la teoría de la comunicación,
que manifiesta que la comunicación puede funcionar
de manera informal siempre y cuando se produzca entre
un número máximo de 150 personas, haciendo
innecesario el uso de estructuras. En este caso, la
comunicación resulta bastante cómoda;
sobran por tanto argumentos, precisamente porque la
comunicación es así de sencilla. De ahí
que haga alusión a una unidad básica,
un encuentro, que debe ser considerablemente superior
a 150 personas. 500 no sería un mal número,
400, 600, 700 u 800. A partir de ahí, existe
otro umbral que debe rondar las 1.000 personas, a partir
del cual se hace necesario delegar para poder organizar.
Esta administración necesitaría entonces
un comité y un determinado nivel de profesionalidad.
Es aquí, donde llegamos al reino de la burocracia
estructuralmente necesaria. Algo que me desagrada profundamente;
el esfuerzo se incrementa rápidamente al tener
que controlar a la burocracia para que actúe
conforme a nuestros deseos. Estos órganos de
control son, una vez más, susceptibles de corrupción
y deben igualmente controlarse, convirtiendo todo este
proceso en algo demasiado complicado. Bajo mi punto
de vista, el término medio debe situarse entre
la organización social de un cómodo grupo
de 150 personas y la de un incipiente incómodo
grupo de 1.000 personas. La solución debe ser
un punto intermedio entre ambas: ése es el primer
enfoque. Otro enfoque podría tener un planteamiento
un poco más ecológico. Los problemas ecológicos
de este planeta radican en el norte, donde la calefacción
es un elemento imprescindible para afrontar el frío
y se ha desarrollado toda una estructura urbana en la
que, por ejemplo, el transporte ocupa un lugar privilegiado.
Para revertir esta situación y reducir el consumo
de energía a un nivel globalmente aceptable,
se debería destinar aproximadamente una quinta
parte del consumo actual a esa zona. Con esto, no me
refiero al sur; el sur utiliza una centésima
parte menos de energía que nosotros. En ese sentido,
el problema no radica en ellos; más bien es al
contrario. El sur debería incrementar su consumo
para poder alcanzar la quinta parte del consumo de energía
global que le corresponde. Una reducción del
uso de energía significaría la erradicación
de los coches o de las casas unifamiliares, e implicaría
compartir casa. Posteriormente, se debería pensar
en el tamaño más adecuado para aislar
las viviendas del frío y del calor, así
como el material más barato que permitiera calentarlas.
Los edificios serían cada vez más compactos,
porque la relación entre la superficie exterior
y el volumen sería mucho más eficaz. Esto
implicaría que en el norte, por ejemplo en los
Estados Unidos, la gente que viviera en pequeñas
casas aburguesadas se mudara a palacios populares, o
eco-palacios, que fueran más fáciles de
calentar. Se puede crear una tipología excesivamente
concreta que naturalmente debe analizarse con cierta
ironía. Todos tenemos que vivir en edificios
de ocho plantas y de 100 metros de largo por 20 de ancho.
Esta monstruosidad es en realidad una necesidad ecológica.
Siempre suelo empezar por este bolo occidental urbano.
Nunca me ha gustado aconsejarle a nadie cómo
debe o no debe organizar su vida. Simplemente, pongo
a Suiza como ejemplo, aunque se puede extender igualmente
al resto de Europa occidental. ¿Cómo se
puede organizar la agricultura con respecto a estas
estructuras urbanas? Mi consejo, así como el
de otra mucha gente que ha estudiado ecología
y agronomía, sería: en Europa occidental,
y para el suministro de comida de un bolo como éste,
necesitaríamos alrededor de 90 hectáreas
de tierra suiza. Si tomamos como ejemplo una ciudad
de tamaño medio como Zürich, entonces estas
90 hectáreas podrían situarse en un radio
aproximado de 30 Km. alrededor de la ciudad. Ese espacio
se encuentra todavía disponible, siempre que
en el futuro no se siga construyendo o pavimentando
el terreno que todavía queda libre. Asimismo,
y desde un punto de vista puramente esquemático,
se podría también asignar a cada uno de
los bolos una granja de 90 hectáreas. Éste
cálculo es bastante generoso, porque en Suiza
las granjas suelen tener un tamaño medio aproximado
de 15 hectáreas; en Austria quizás el
tamaño sería un poco mayor. A pesar de
que son unidades relativamente grandes, no significa
que toda esta extensión de terreno tenga que
ser cultivada. Éstas estructuras serían
intrínsecamente bastante diversas y se podría
producir de todo, desde patatas hasta leche. Esto produciría
un rendimiento bastante ecológico, ya que un
camión pequeño, o incluso el vagón
de un tren, sólo tendría que realizar
una viaje a la semana entre el área rural y el
área urbana. Se podría aprovechar el viaje
de vuelta para transportar abono orgánico. Posteriormente,
se podría desarrollar un sistema en el que la
gente que viviera en el bolo, pudiera también
trabajar en la zona rural. Este sistema sería
mucho más eficaz que el de suministro de supermercados
que tenemos hoy en día, donde se precisa la participación
de toda una serie de transportes intermediarios, centros
de distribución y supermercados, sin olvidar
el hecho de que además es necesario ir al supermercado.
Cada bolo sería un supermercado, con una sección
de tierra diversificada lo suficientemente grande como
para obtener un rendimiento económico. El sistema
agrícola actual resulta inviable porque funciona
únicamente con un elevado suministro de petróleo
y productos químicos, entre otras cosas. El cultivo
biológico mixto permite combinar distintas plantas
en una misma área para su posterior fertilización,
a diferencia de lo que ocurre en estos enormes y monótonos
campos cuya longevidad se ve muy reducida. Sin embargo,
esta agricultura mixta requeriría triplicar la
mano de obra que existe en la actualidad, algo que podría
ser bastante beneficioso. Este porcentaje no es demasiado
elevado si tenemos en cuenta que en Suiza, la agricultura
constituye aproximadamente el 3% de la mano de obra,
y debería situarse en torno al 10%. Entretanto,
todos los bancos habrían desaparecido y existiría
un número suficiente de gente que podría
tomar cartas en el asunto.
Lo que acabo de describir es lo que yo denomino el sistema;
no obstante, éste podría sufrir modificaciones.
Sería mucho más divertido si los distintos
bolos situados en distintas secciones de tierra intercambiaran
sus productos, de modo que no tuvieran que comer siempre
lo mismo. Algunos artículos se podrían
intercambiar a nivel mundial. Las especias, por ejemplo,
son productos bastante ligeros y muy eficaces, o el
aceite de oliva, las nueces, los dátiles y todo
tipo de quesos y salchichas, así como el vino;
estos artículos son productos altamente concentrados
que no tienen ningún tipo de limitación
ecológica en términos de transporte.
La forma más simple de intercambio es el regalo.
Es, asimismo, la más peligrosa, especialmente
en el caso de los receptores. Este intercambio sólo
es posible cuando quien lo realiza es relativamente
independiente. Un bolo dispone de una soberanía
básica; en Suiza existe este refrán: lo
suficientemente independiente como para ser generoso.
En términos marxistas, lo importante no debería
ser el valor de lo que se aporta. Los regalos pueden
ser de muy diversa índole. Teniendo en cuenta
que los bolos estarían por todas partes, la generosidad
sería una especie de honor para estos bolos,
e implicaría la obtención de algo a cambio.
Esta sería una forma importante de trueque, que
no tendría que estar especialmente vinculada
a la comodidad. Se podría ofrecer cualquier cosa;
tiempo, poemas o todo aquello que se deseara.
Posiblemente, uno de los factores más importantes
de este sistema que estoy describiendo sea el sistema
de intercambio permanente. Yo lo denomino "FENO".
Por ejemplo, este sistema implicaría el establecimiento
de contratos de cambio con los bolos vecinos. Concretando
este concepto en términos suizos, esto podría
ser algo como: vosotros arregláis nuestras ventanas
porque tenéis una cristalería y, a cambio,
nosotros reparamos vuestras instalaciones sanitarias;
de este modo, se evita que cada bolo tenga que tener
todo tipo de tiendas de reparación.
Se podría diferenciar una tercera forma de intercambio
en una escala superior. A esta otra forma la denominaría
vecindario o almacén urbano. Esto se podría
describir como socialismo o comunismo. Los bolos de
una ciudad, en su conjunto, necesitan productos que
no pueden producir ellos mismos, o que únicamente
necesitan utilizar en determinadas ocasiones. Disponen,
por ejemplo, de un almacén central para la maquinaria
y cuando necesitan una determinada máquina, la
obtienen de allí. Estos servicios podrían
describirse como servicios comunales, de forma muy parecida
a los que tenemos hoy en día, como es el caso
del agua, la electricidad y determinados artículos
como la sal y el azúcar, que deben producirse
y suministrarse en grandes cantidades y de forma centralizada.
Dado que la cantidad de suministro para cada persona
sería la misma, éstos podrían suministrarse
de forma gratuita. Eso sería posible incluso
hoy en día. En primer lugar, podríamos
describirlo como socialismo, o incluso comunismo: cada
uno toma lo que necesita y produce lo que puede. Lógicamente,
existiría además la variante del intercambio
de dinero, que estaría casi seguro presente.
El dinero sería importante en el caso de aquellos
productos que no se utilizaran con demasiada frecuencia,
que se hubieran elaborado para un fin particular o confeccionado
de forma individual. Este sistema funcionaría
de forma mucho más eficaz en el caso de los vecindarios,
distritos, pueblos o ciudades, de modo que se pudieran
acomodar mercados o bazares a los que la gente pudiera
acudir con artículos como joyas, ropa, discos
compactos, arte, sustancias especiales, fármacos,
cosmética y todo tipo de productos interesantes.
Podrían ser considerados como miembros de los
bolos o comerciantes y se utilizaría el dinero
como valor de cambio. El tipo de moneda no tendría
demasiada importancia; podría ser una moneda
local o un dólar global, o bien una tarjeta de
crédito. Sería indiferente; el dinero
no supondría un peligro como objeto. Más
bien se podría afirmar que el dinero únicamente
es un problema cuando se permite su propio desarrollo
dinámico dentro de un sector indispensable, como
es el caso del suministro de comida.
Si lográramos estas condiciones ecológicas,
por ejemplo, un 20% del consumo de energía, se
podría incluso permitir la circulación
de algunos coches. Un bolo podría quizás
tener 20 coches que la gente pudiera alquilar. Este
número de coches sería suficiente cuando
se tuviera que conducir de vez en cuando. Aunque apenas
si sería necesario conducir porque no habría
motivos para ir a ninguna parte. Esto supondría
una reducción del 10% en el número de
coches, un colapso de la industria del automóvil,
así como de todos los bancos que la financiaran.
Al mismo tiempo, la industria petrolífera desaparecería.
Simultáneamente, la industria de los electrodomésticos
se reduciría de forma proporcional ya que se
podría lavar, por ejemplo, toda la ropa en una
sola lavadora del bolo, cuya potencia sería ocho
veces superior a la de una lavadora convencional. Se
podría utilizar toda la electrónica destinada
al entretenimiento que funcionara todavía, pero
el volumen sería inferior. En realidad, la industria
tecnológica se vería reducida únicamente
en términos de consumo. El consumo se reduciría
en un 10%. Únicamente quedaría un problema
por resolver: dónde y cómo producir el
resto de productos de forma mucho más eficaz.
La respuesta es clara: subcontinentalmente. Por ejemplo,
la producción de camiones se realizaría
en un sólo sitio, digamos en el sur de Varsovia,
para abastecer a todos los bolos o ciudades situadas
entre los Urales y el Atlántico. Y solamente
se producirían módulos. Se producirían
módulos de tamaño grande, mediano y pequeño,
así como un motor para, a continuación,
montarlos en los bolos o en las ciudades. Esta situación
se puede apreciar hoy en día en el "tercer
mundo". Todos los autobuses públicos se
fabricarían allí. El chasis se fabricaría
allí y se distribuirían los motores y
el sistema de cambios. Esto podría considerarse
ya una tecnología eficaz. ¿Cómo
funcionaría? Simplemente con dinero, se pagaría
por todos estos artículos. La pregunta lógica
sería: ¿cómo se podría conseguir
dinero? Por supuesto, sólo existe una opción:
o se paga por ellos, o existe una cuota. Dado que necesitaríamos
una determinada cantidad de camiones y trabajadores
para producirlos, deberíamos pagar indirectamente
con dinero a los trabajadores por su trabajo, aunque
no se necesitaría mucho. Si fuera necesario,
se podría conseguir dinero intercambiando parte
de estos artículos, parte de la mano de obra
o de los productos agrícolas. De este modo, se
crearía automáticamente un mercado subcontinental.
Al convivir todos juntos, existiría un control
social intrínseco que no precisaría del
cumplimiento de normas. Sería, por tanto, únicamente
una cuestión de: ¿qué quieres hacer
ahora? La supervivencia sería mucho más
sencilla. Esta convivencia evitaría en gran parte
un comportamiento social dañino y permitiría
un recorte de la fuerza policial en casi el 10% de su
tamaño actual. La cuestión sería
entonces la contraria: si me presento como "IBU",
como una persona, ¿cuánto control social
podría soportar? Esto podría suponer también
un problema. La pregunta que deberíamos plantearnos
haría referencia a una de las partes de esta
amalgama. Si no existe control social, las condiciones
son marginales; el caos y la anarquía, en el
peor de los sentidos, prevalecen y se hace necesaria
la presencia policial. Este sistema no conduce a nada
bueno. Pero, también, debería existir
una cierta libertad de acción que nos permitiera
defendernos ante este control interno. Uno de los ámbitos
de esta libertad de acción sería el tamaño.
Si hay 500 personas, entonces se garantiza el anonimato.
En este caso, se podrían desarrollar actividades;
los bolos podrían tener varias entradas y salidas,
de modo que nadie pudiera vernos. En el caso de bolos
más pequeños, este control se convertiría
probablemente en una pesadilla; por lo tanto, cuánto
más grande mejor. Los bolos tendrían un
contrato de bolo general. La gente podría viajar
en cualquier momento a otro bolo, siempre y cuando lo
notificara previamente, dado que el resto de bolos tendría
una capacidad del 10% para albergar a aquellas personas
que los visitaran como invitados, aunque se podría
dar también el caso de que desearan quedarse.
Nos podríamos desplazar a cualquier parte y desde
cualquier parte. De este modo, y debido al recelo que
produciría la partida de cualquiera de los miembros,
se evitaría que la gente fuera demasiado estricta
con el control social.
Siempre que hago alusión a los bolos, corro el
riesgo de que se malinterpreten como construcciones
aislacionistas, un poco como las grandes comunas de
los años 70. Pero, nada más lejos de la
realidad. Mi percepción de los bolos se centra
más en organizaciones eficaces compuestas por
miembros civiles. Se puede entrar a formar parte de
ellos con un contrato y abandonarlos del mismo modo.
Al entrar aportas todo lo que tienes, pero también
te lo llevas al salir. No podrían considerarse
comunas. Además, los bolos están conformados
por familias, grupos colectivos y personas individuales
que disponen de sus propias esferas privadas. Aunque
también podría darse el caso de bolos
en los que la gente compartiera los dormitorios, y esto
también sería aceptable. No existirían
normas a este respecto. Igualmente, se podrían
realizar acuerdos monásticos. Evidentemente,
lo ideal sería conseguir un contrato de bolo
en todo el planeta donde un 10% del espacio habitable
y de la comida de cada bolo se destinara a los invitados
y de este modo contrarrestar la tendencia aislacionista.
En cierta medida, cada bolo debería disponer
de un cierto margen de apertura.
Traducción: MediaLabMadrid, Centro Cultural
Conde Duque, Madrid
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