| Cualquiera
que haya visto vídeos activistas de Seattle, Praga, Goteburgo
o Salzburgo, habrá asistido a la misma evocación repetitiva
de imágenes: la multitud que baila en rosa y plata, figuras
vestidas de negro al ritmo de la música irónicamente marcial
de Infernal Noise Brigade, monos blancos, caras jóvenes
en manifestaciones bañadas por el sol, pancartas coloridas.
Y después la contrapartida: robocops que cargan con furia,
contenedores de basura convertidos en barricadas, orgías
de golpes. Es raro que al espectador se le facilite entender
cómo fueron los preparativos de estas protestas a gran
escala, que tuvieron lugar in situ o simultáneamente
en otros diversos escenarios de ciudades en toda Europa.
La impresión es que hay un movimiento cuyas expresiones
han emergido para constituir una cultura de protesta unificada
sin reparar en las estructuras sociales específicas de
sus regiones de origen, sea en el norte de América o en
el sur de España. Formas de expresión que pueden ser empleadas
igualmente en el escenario de la americana Seattle tanto
como en la vieja ciudad centroeuropea de Praga o en la
sureña Génova. ¿Expresión de un activismo globalizado
en un mundo globalizado, de un movimiento nómada que puede
permitirse ignorar sus lazos con las localizaciones sociales
reales?
Esta
apariencia de un flujo de imágenes que parecen siempre
iguales es decepcionante. El ejemplo de la forma de
acción de Reclaim the Streets, que surgió en Londres
a comienzos de los noventa, muestra la relación estrecha
que hay entre una táctica que desde entonces se ha empleado
con éxito en todo el mundo y sus circunstancias locales
concretas, desde las cuales se desarrolló en un inicio.
El
concepto básico de la fiesta Reclaim the Streets se
puede aplicar en cualquier parte, en su esencia es bien
sencillo: se trata de la apropiación temporal del espacio
público utilizando los cuerpos, la creatividad y la
música. Una mezcla demasiado agradable y alegre como
para poder ser rodeada y desalojada por la fuerza sin
más, y al mismo tiempo suficientemente eficaz, en tanto
disrupción del tráfico y del consumo cotidiano, a la
hora de evitar su integración, como ha ocurrido por
ejemplo con la Love Parade de Berlín, como uno
más de los eventos de aventura cultural de nuestra sociedad.
En
Londres, el lema "reclaim the streets" [reclama,
recupera, okupa las calles] y la crítica del tráfico
de vehículos motorizados se insertan en un denso entrelazado
de subcultura y cultura popular, con connotaciones políticas,
económicas y de vida cotidiana: desde las protestas
ambientalistas contra la construcción de carreteras
hasta el coche como imposición en la vida urbana, desde
la subcultura de las fiestas libres hasta la Criminal
Justice Act como instrumento represivo, desde las tradiciones
oficiales como la celebración del aniversario de la
coronación de la Reina hasta los traumas provocados
por el origen del capitalismo industrial... y de vuelta
a la vida cotidiana en la metrópolis contemporánea.
A
principios de los noventa, comenzó en Gran Bretaña la
implementación de un programa extensivo de construcción
de carreteras, lo que condujo a una serie de campamentos
de protesta en paisajes remotos, cuyas formas de acción
resultaban a veces extrañas para quienes no participaban
de ellos: alguien aparecía, montaba una casa en un árbol
y entonces reclamaba "derechos de residencia";
había gente que cavaba túnenes bajo los lugares donde
se estaba construyendo, se encadenaban a bloques de
cemento y esperaban a que vinieran a desalojarlos.
En el mejor de los casos, estos campamentos lograban
retrasar la construcción de la carretera, y su éxito
solía medirse en términos de daño económico (el coste
del desalojo, de la maquinaria dañada o del material
de construcción "liberado"). Pero lo que quizá
haya permanecido realmente es su impacto como campo
de experimentación para formas de vida y de actuar juntos
en solidaridad fuera de la "carrera de ratas",
la persecución constante del dinero que se necesita
para sobrevivir en la ciudad. Con la okupación creativa
del espacio en el que habría de construirse la carretera
de acceso a la autopista M11, atravesando un área residencial
del noroeste de Londres en 1993, las protestas se desplazaron
del campo a la ciudad. Con ello se situaron en primer
plano las cuestiones sociales mano a mano con los principios
ecologistas. Con una amalgama de arte, cuerpos y técnicas
mediáticas, un puñado de activistas lograron con éxito
mantener una performance de meses okupando permanentemente
Claremont Road. Se instalaron objetos artísticos que
se transformaban en barricadas cuando era necesario.
Sofás, sillas y otros varios objetos que se encontraban
en las salas de estar de las viviendas se trasladaron
del espacio privado interior a la esfera pública de
la calle. Incluso durante el inevitable desalojo en
noviembre de 1994, quienes protestaban estuvieron siempre
por encima: 1300 policías antidisturbios tuvieron que
bailar al ritmo del escenario impuesto por los ocupantes,
en una performance teatral que costó al estado más de
dos millones de libras esterlinas. Un activista explicó:
"Siempre supimos que un día todo esto sería solamente
escombros, y este sentimiento de impermanencia nos dio
una fuerza inmensa: la imposibilidad de fracasar, la
fuerza de poder movernos de esta Zona Autónoma Temporal
a otra parte".
Reclaim
the Streets efectivamente logró adaptar las formas de
acción de las protestas contra las carreteras en un
ámbito rural a las circunstancias metropolitanas, transformando
la protesta contra la destrucción medioambiental en
una protesta contra "el coche" como símbolo
del disciplinamiento capitalista de la vida urbana,
y lo hizo conectando con la experiencia cotidiana londinense.
La
economía de Londres depende de que la gente acepte tener
que conducir durante horas para llegar a su lugar de
trabajo, y con ello las limitaciones masivas a su calidad
de vida. La velocidad media del
tráfico es aproximadamente la misma que a finales del
siglo XIX, la famosa "hora punta" sucede todo
el tiempo, y el transporte público local es, a pesar
de los esfuerzos de nuestro querido alcalde Ken Livingstone,
demasiado caro y demasiado viejo. Con este telón de
fondo, era posible que las motivaciones que impulsaban
las street parties parecieran razonables a ojos
de los medios de comunicación burgueses y también para
un público mucho más amplio.
Las
fiestas de Reclaim the Streets en Londres utilizaban
un tipo de coreografía similar a la de las fiestas gratuitas,
las Free Parties de las comunidades rave que
funcionaban desde finales de los ochenta:
no se solicitaban permisos para celebrar las fiestas;
su localización se difundía en el último momento a través
de números de teléfono clandestinos y mediante el boca
a boca; fueran en un almacén abandonado en la tierra
de nadie urbana del norte de Gran Bretaña
o en las calles populosas de la ciudad de Londres, las
fiestas podían estallar por sorpresa ante el asombro
de los guardianes de la paz y el orden presentes. Lo
que se afirma en el excelente libro DiY Culture sobre
los ambientalistas radicales de Earth First! sirve también
para Reclaim the Streets: los activistas contra las
carreteras se convertían en activistas contra los aeropuertos
que se convertían en okupas urbanos Esta Tierra es Nuestra
que se convertían en raveros que se convertían en activistas
de Earth First! "y así hasta el infinito, cada
cual cambia de identidad mediante su presencia en tal
campaña o manifestación concreta. Es imposible, por
tanto, hablar de Earth First! y del movimiento de protesta
contra las carreteras como si fueran entidades separadas:
los individuos fluyen dentro y fuera de ambos y en muchos
casos no se definirían a sí mismos como pertenecientes
a uno u otro grupo" .
Las
raves no comerciales, con su ideología hedonista contraria
a la lógica del beneficio capitalista, obviamente representaron
una amenaza masiva para el orden público. En 1994 se
puso en marcha la ley conocida como Criminal Justice
Act. Entre otras cosas, dotaba a la policía de autoridad
para reventar fiestas rave. "Rave" quedaba
definida en la ley como "una música total o predominantemente
caracterizada por la emisión de una sucesión de ritmos
repetitivos".
La
Criminal Justice Act se utilizó tanto para desalojar
numerosas fiestas como para atacar la okupación de Claremont
Road. Al mismo tiempo, sin embargo, esta ley condujo
a la politización de la comunidad rave y a un sentido
de solidaridad entre las varias escenas subculturales
y políticas. El mensaje de un DJ al gobierno fue: "Gracias,
muchas gracias por haber facilitado que nos uniésemos.
Ahora trabajamos más en red que nunca" .
La Marcha por la Justicia Social que propagó
Reclaim the Streets en 1997 fue valorada por la comunidad
rave como "la mejor rave ilegal, la mejor fiesta
de música de baile que ha tenido lugar en la historia"
,
y "una de las más sobresalientes free parties
desde Castlemorton en 1992" . Y fue por eso que en junio
de 2002, justo a tiempo para el décimo aniversario,
la gente se atrevió a montar de nuevo una gran rave
en Castlemorton a pesar de la presencia policial masiva.
En
adición a todas estas connotaciones políticas y culturales
contemporáneas, Reclaim the Streets también se remitía
a una memoria colectiva nacional, no solamente en lo
que se refiere a su reapropiación de celebraciones públicas
oficiales como son el Jubileo de la Reina.
El
uso del termino enclosures [cercamientos] en
el lenguaje de Reclaim the Streets
se refiere al trauma causado por el proceso de acumulación
originaria, un trauma latente en el inconsciente colectivo
británico. A principios del siglo XVI comenzó un proceso
por el cual la tierra que hasta entonces era accesible
como un "bien común" comenzó a vallarse para
el pastoreo, es decir, empezó a ser "cercada",
porque con el ascenso del capitalismo la producción
textil comenzó a ser más rentable que la agricultura.
Mientras la tierra se cercaba para criar ovejas y utilizar
la lana como materia prima, se expulsaba de ella a la
gente. De acuerdo con la lógica de Reclaim the Streets,
hoy las calles están cercadas. Lo que fueron "los
bienes comunes de la ciudad" en un pasado mítico,
los espacios de uso colectivo para la discusión y el
intercambio en una comunidad social, han visto expropiado
su uso. Lo que en el pasado permitió la privatización
de la tierra, hoy lo representan los coches ocupando
el espacio público urbano, impidiendo otro uso por parte
de los habitantes de la ciudad.
Quien
sea capaz de leer las connotaciones de los textos de
los flyers de Reclaim the Streets se da cuenta de que
las protestas contra las imposiciones del tráfico de
vehículos motorizados no fueron nunca una campaña monotemática.
Bien al contrario, contenían una implícita crítica del
capitalismo mucho antes incluso de que Reclaim the Streets
hiciese su outing como movimiento autocalificado
explícitamente de anticapitalista el 18 de junio de
1999, con motivo de la jornada de acción global en centros
financieros de todo el mundo (dando así rienda suelta
a salvajes especulaciones sobre las supuestas actividades
terroristas de Reclaim the Streets por parte de los
medios de comunicación y la policía).
No
es por casualidad que Reclaim the Streets tuviera ese
toque anticapitalista desde el comienzo. Pero no era
tanto por haber leído El Capital como el resultado
de la experiencia vivida cotidianamente en las metrópolis
capitalistas. La vida cotidiana en Londres está probablemente
más atravesada por el capitalismo que en cualquier otra
ciudad europea. No es sólo que el espacio para vivir
esté totalmente entregado a la especulación. Una entrada
de cine cuesta el equivalente a dos horas de trabajo
remunerado, tres si contamos el billete del transporte
público para llegar al centro de la ciudad. Los centros
comunitarios, donde se podían organizar movidas independientes
a precios bajos, desaparecieron bajo el gobierno de
Thatcher. Lo que quedaba para la convivencia (activista)
a precio razonable era la escena siempre cambiante de
los centros sociales okupados que rara vez se mantenían
más de unos pocos meses. No sólo los lugares de encuentro
eran cambiantes, también sus actores, porque Londres
es una ciudad de residencia temporal para mucha gente.
La transitoriedad de la vida cotidiana en Londres tiene
su imagen especular en la ocupación temporal, sin permisos,
del espacio público, utilizando como medio la multitud,
la música, el carnaval y el baile.
Las
acciones festivas a la manera de Reclaim the Streets
han sido utilizadas en muchas ciudades de todo el mundo,
cambiándolas y adaptándolas a condiciones diferentes.
Muchas de sus connotaciones familiares en Gran Bretaña
han quedado invisibilizadas en ese proceso de propagación,
y otras se han añadido. En Londres, todo está más en
calma alrededor de Reclaim the Streets desde la ola
de represión que siguió al día de acción global del
18 de junio de 1999. En lugar de dormirse en los laureles
de las intervenciones pasadas y en vez de exponerse
a la criminalización, sus actores se concentran en otras
áreas, desplazándose a otros grupos y contextos y adaptando
sus formas de articulación a las condiciones políticas
y sociales presentes. Un efecto secundario fortuito
de todo esto es que Reclaim the Streets ha podido mantenerse
así fiel a sí mismo: una desorganización no explotable
por portavoces ni héroes, porque "¡estamos en todas
partes!".
Traducción
castellana de Marcelo Expósito a partir de la versión
inglesa de Aileen Derieg [NdT.]
John Jordan, "The art of necessity: the
subversive imagination of anti-road protest and
Reclaim the Streets", en George McKay (ed.), DiY
Culture. Party & Protest in Nineties Britain,
Verso, Londres, 1998, págs. 129-151; la cita es en
pág. 139. [Castellano: "El arte de la
necesidad. La imaginación subversiva del movimiento
contra las carreteras y Reclaim the Streets",
en Paloma Blanco, Jesús Carrillo, Jordi Claramonte
y Marcelo Expósito, Modos de hacer. Arte crítico,
esfera pública y acción directa, Ediciones
Universidad de Salamanca, 2001.]
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