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Imagine un muticomplejo
de seis pisos con une recepción y boleterías, cines,
salas para conferencias y eventos, centros de información
y comunicación, bibliotecas, una librería y un almacén
de regalos, una cafetería, un bar-restaurante, y por
supuesto, galerías de exposición. Se trata del centro
Pompidou de París. Distribuya los elementos del multicomplejo
dentro de un gran patio inmenso y cerrado, rodeado de
una multitud de edificios y de todo el atractivo de
un paseo arquitectónico: se trata del MuseumsQuartier
de Viena. Disemínelos aún más en el seno de una ciudad
renovada en la cual los festivales tradicionales y la
vida intelectual contemporánea pueden ser programados
como eventos del calendario turístico: es el conjunto
de la municipalidad de Barcelona.
Los Estados providencia tal vez
estén encogiéndose, pero no es así el caso del Museo.
Este se encuentra más bien en fragmentación y penetra
de manera más profunda y orgánica que nunca el complejo
entramado de la producción semiótica. Sus subproductos
-el diseño, la moda, el espectáculo multimedia, pero
también sus tecnologías relacionales, así como las consultorías
realizadas al exterior- se encuentran entre las fuerzas
directrices de la economía contemporánea. Estamos lejos
de la noción modernista del museo como una colección
de grandes obras, para ser mostradas en calidad de servicio
público. En lugar de esto, se trata actualmente de laboratorios
proactivos de la evolución social. Hablamos de museos
que trabajan, museos que forman parte de la economía
dominante y que cambian con una tasa creciente de aceleración,
impuesta por el Estado y por el mercado. ¿Es imposible
usar este vasto desarrollo para algo diferente que para
la promoción del turismo, del consumo y del tratamiento
en masa de la atención y de la emoción humana? La respuesta
depende de la disponibilidad de dos bienes que constantemente
nos evaden: la práctica de la confrontación y la crítica
constructiva.
La crítica puede
empezar con la comprensión de la "crisis",
hoy casi terminada del "Estado providencia".
Sus orígenes son incorrectamente atribuidos al giro
neoliberal del sistema dominante, que comenzó en la
mitad de los años setenta, con la escuela de economía
de Chicago y la revolución conservadora de Thatcher.
Este proceso constituyó apenas la segunda fase. La crítica
cultural de los años setenta fue fundamentalmente anti-burocrática.
Esta tenía el objetivo de disolver las jerarquías industriales
que configuraban el ser más íntimo de cada cual. El
antropólogo Pierre Clastres resumía esta aspiración
en una frase: "La sociedad contra el Estado".
Es allí que los neoliberales encontraron su oportunidad.
Combinaron un cambio en la organización económica (la
gestión modular de los "centros de beneficios"
semi o pseudo autónomos contra toda integración vertical)
con una nueva y ambiciosa política social (la movilización
de la fuerza de trabajo, no con la promesa de garantías
sociales, sino más bien a través de la implicación personal
de la pasión, de la ética y de la subjetividad). La
imaginación toma el control, arriba y más allá de la
importancia declinante de la mecanización, mientras
que el Estado social, el welfare
(la garantía de un cierto "tiempo libre"
lejos de las máquinas) es reemplazada por el workfare
la puesta en situación de trabajo (la receta para
la movilización total de la población). El arte -o más
ampliamente "la creatividad"- se ha vuelto
el eje del sistema de puesta en situación de trabajo
en la era financiera de la producción de imágenes y
signos. Es al mismo tiempo el icono y el modo de inclusión
a la sociedad actual, que intenta llevarnos a todos
a un aumento constante en los niveles de actividad o
bien, empujarnos hacia los margenes si no logramos acomodarnos.
De esta manera, el multicomplejo cultural es un testimonio
de la lógica hegeliana de la astucia de la historia.
En medio de la profusión de una estética comercial,
la rebelión individual de las generaciones pasadas ha
sido integrada como vector y máscara de una exclusión
represiva. Pero no escaparemos a este destino con el
retorno de una burocracia estatal cualquiera, ni regresaremos
a los museos modernistas religiosamente silenciosos.
Lo que debe ser inventado en lugar de esto es una forma
de gobernabilidad radicalmente diferente -por medio
de la cual, come decía Foucault, los sujetos libres
busquen "conducir la conducta de los otros".
¿En qué consiste
una práctica de confrontación en la actualidad? Consiste
en la producción deliberadamente ineficaz y de-normalizada
de dispositivos estéticos, consiste en perturbar y en
desarticular las técnicas de captura de la atención
implementadas por los colaboradores del Estado "workfare"
y del capital corporativo. Los desfiles del Mayday de
trabajadores flexibles inventados en Milán y que ahora
se realizan igualmente en Barcelona constituyen ejemplos
paradigmáticos. De esta manera comienzan las múltiples
formas de exclusión - los indocumentados, los desempleados,
los movimientos de los squats, las personas a las que
le faltan diversas formas de seguridad social y toda
posibilidad de negociación colectiva -y que tratan de
construir una consciencia política sobre la situación
de trabajo y de vida, debatiéndose furiosamente al mismo
tiempo con las formas más características de opresión
y de explotación. Los medios son, por supuesto, estéticos:
es la manera con la que los miembros de nuestras sociedades
"conducen la conducta de los otros", al menos
en los centros de poder relativamente protegidos. Pero
se trata de una estética del carnaval y del caos. Los
desfiles del Mayday usan formas de organización cooperativas
basadas en la solidaridad para movilizar la energía
de iguales libres reunidos en una confrontación caótica
en contra de las imágenes cuidadosamente calculadas
de las marcas y de los ambientes turísticos que gestionan
y canalizan el comportamiento para reprimir todo discurso
político. La imagen de los bailarines vestidos de rosa,
irrumpiendo de manera expresiva en un almacén Zara de
Milán resume perfectamente este nuevo combate. Es también
el caso con un vídeo español titulado "Desmantelando
Indra" que muestra la entrada de un grupo de manifestantes
disfrazados de inspectores de armas a las oficinas de
una industria de armamentos, seguido por el desmantelamiento
deliberado de todo el equipo de comunicaciones y de
informática, que fue puesto en cuarentena dentro de
cajas selladas sobre las cuales fue escrito "Peligro:
Armas de destrucción masiva" (www.sindominio.net/mapas/es/accions_es.html).
Las comunicaciones y los modelos corporativos de organización
social como armas mortales en una guerra civil mundial:
es exactamente lo que está escondido detrás de las "Armas
de decepción masiva" de la industria de la moda.
Lo que está en juego es la deconstrucción de la economía
de guerra y la creación de una base colectiva para las
formas voluntarias de cooperación libre (transformación
de la vivienda, del seguro social, del transporte y
de los regímenes de trabajo, nuevas formas de acceso
colectivo a los equipos de comunicación, derechos de
acceso "copyleft" a los bienes comunes, la
invención de formas colectivas de propiedad, la extensión
de la subsidiaridad y de los procedimientos democráticos
directos). Además, el estilo Mayday de activismo de
urgencia es sólo la forma más aparente entre los nuevos
espacios que se abren para experimentar la confrontación.
En todas partes alrededor nuestro, pero de manera modesta,
lenta y discreta, hay energías similares que están en
acción en niveles más tenues, sutiles e íntimos en los
cuales lo psíquico se encuentra con lo artístico y lo
político.
¿Cómo puede un museo
entonces contribuir a este tipo de activismo estético?
En primer lugar, la genealogía de éste corre a lo largo
de una línea ininterrumpida, que va desde las primeras
experiencias dada (desarrolladas en medio de la carnicería
de la primera guerra mundial), hasta las secuencias
de las prácticas instalacionistas, de los happenings,
del arte conceptual y de la intervención situacionista
(ellas mismas desarrolladas durante la guerra de Vietnam
y la rebelión de los movimientos del 68). Una genealogía
del arte que busca ir más allá de sí misma, el arte
hacia afuera. Pero en segundo lugar, el museo puede
también dar a las formas de activismo una apertura al
debate, no como cadáveres del pasado para le disección
académica, sino más bien como puntos de referencia y
fuentes de inspiración para el desarrollo de nuevas
prácticas en el futuro inmediato. En lugar de trasplantar
un depósito de conocimiento moderno en desuso con los
estimuladores más recientes para crear motivaciones
de consumo, la institución post-workfarista se vuelve
una biblioteca sensual de alternativas a la movilización
capitalista total de la sociedad. Es un archivo que
no requiere del silencio de sus usuarios. Proyecta ciertos
recursos más allá de sus muros para comprometerse en
una experimentación y un intercambio en medio de la
textura de varias estéticas en competencia en que la
ciudad contemporánea se ha convertido. Reúne las huellas
de todo esto y de otras actividades autónomas. Trabaja
para conectar espacios, tanto físicos como electrónicos
en los cuales estas huellas pueden volverse el objeto
de discusiones prospectivas abiertas. Esta práctica
ayuda a llenar las ambiciones de la mayor parte del
arte contemporáneo, todas las reivindicaciones de constituir
un modelo en miniatura de las interacciones sociales,
un campo indeterminado para su reinvención. Pero en
lugar de esterilizar esta promesa dentro de los límites
exclusivos y altamente influidos por la pertenencia
a una clase social, y en lugar de reducir su producción
a objetos para-la-contemplación, reconoce los conflictos
fundamentales en el seno de la sociedad y se involucra
en los procedimientos arriesgados que pueden ayudar
a hacer salir estos conflictos de los confines de los
callejones violentos, dejándolos en lugar de esto subir
al nivel político en el que iguales están confrontados
a iguales. El nivel de gobernabilidad es una cuestión
colectiva. Es aquí que encontramos el papel de servicio
público del nuevo "museo". Este papel está
siendo ejemplarmente desarrollado por una micro-institución
como es la Public Netbase, sobre todo en momentos de
las operaciones container recientemente montadas en
la Karlsplatz de Viena y de todos sus ecos electrónicos.
Pero existe también como algo virtual, en el deseo de
miles de actores institucionales decepcionados e indignados
por las operaciones de los multicomplejos culturales
y por el modelo declinante de servicio público tal cual
era concebido en el marco del Estado providencia.
¿Cómo lo virtual
se vuelve real? Lo que falta hasta ahora es menos la
práctica artística que una crítica potente que pueda
inscribir los criterios de valor y de decisión dentro
de los debates tanto públicos como profesionales. Después
de cinco años de intenso activismo social y artístico,
debemos aún desarrollar una crítica constructiva. La
crítica de las revistas y de los curadores sigue siendo
patéticamente sumisa ("afirmativa" según Marcuse),
mientras que las dinámicas minoritarias siguen cayendo
en la trampa de la desilusión y de la observación cínica
del desastre o aún, en el callejón sin salida del radicalismo
puro y del rechazo de cualquier cosa con olor a cooptación.
Es verdad que la crítica, al igual que la práctica de
la confrontación deben asumir los atributos de una mercancía
cada vez que sean aceptadas dentro de los confines del
mercado institucionalizado. Y esto es un verdadero problema.
Pero la cooptación es también un frente abierto de lucha
social. La concepción según la cual esta lucha podría
ser ganada a través de las formas puras de la discusión
democrática y de la razón cumunicacional (Habermas)
probó ser tan ilusoria como las esperanzas perversas
en la capacidad del mercado de traducir las aspiraciones
populares (Cultural Studies). No hay una "solución"
para una posición cultural de izquierda dentro de una
sociedad de mercado, sino más bien una tensión permanente
entre los actores que se encuentran al interior y al
exterior de las instituciones, sobre los límites a menudo
atravesados por el punto de ruptura. Hoy, parece que
un movimiento continuamente problemático entre lo que
Diego Stzulwark y Miguel Benasayag llamaron una vez
"situaciones de resistencia" y "situaciones
de gestión" aprehendidas en su irrevocable contradicción-
ofrece una única oportunidad de hacer algo con una plétora
de instituciones estéticas capturadas por la creciente
marea del Estado workfare contemporáneo.
Texto traducido por Francisco Padilla
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