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Certeza,
fidelidad
A la hora de medianoche pasan
Como vibraciones de una
campana
W. H Auden (Canción de cuna, 1973)
Corten la
alimentación eléctrica e invadan el museo. Pongan
barricadas a su entrada y una escultura de Richard
Serra. Cubran sus ventanas con pinturas de Gerhard
Richter. Transformen el jardín de esculturas en una
cooperativa de producción orgánica. Renueven la sala
de eventos para transformarla en una guardería o jardín
de niños. Pongan la cafetería bajo la supervisión de
personas sin domicilio fijo. A pesar de esta rebelión
hipotética, es evidente que el poder institucional
sigue en pie. Como la gravedad que emana de una estrella
colapsada, ésta nos atrae hacia la misma órbita de la
que hemos querido escapar, porque, a pesar de nuestras
protestas, continuamos amándola -o por lo menos a amar
la imagen desinteresada que proyecta- más de lo que la
estrella podría amarse a sí misma. La posición simbólica
del museo sigue siendo inseparable de las nociones de
espacio público, de cultura democrática y de la
ciudadanía misma, más allá del grado de efectividad
con el que el museo cumpla realmente sus objetivos y
obligaciones. Es éste el escándalo que mi ensayo trata
de entender. No obstante, la exploración del aspecto,
del funcionamiento y del papel que debería desempeñar
un museo liberado y posrevolucionario en el seno de la
comunidad local constituye un enfoque que ha sido a
menudo desarrollado por artistas más jóvenes y
socialmente comprometidos que han crecido con la
inquietud de la forma virtualmente convencionalque ha
tomado la crítica institucional, lo cual es alentador.
Sin embargo, cuando esta actitud se une con un rechazo
absoluto al poder institucional, puede entonces provocar
una fantasía en la que una mentalidad simple de tipo
"nosotros contra ellos” reemplaza las
oportunidades críticas que han sido abiertas gracias a
la atracción hacia el otro.
Hoy, el artista,
el escritor, el curador o el administrador que están
socialmente comprometidos deben enfrentarse ante un
hecho muy desagradable: ¿Cómo
y porqué las grandes y en el fondo conservadoras instituciones,
incluyendo los museos y las universidades, fascinan
al fin y al cabo a sus críticos más desafiantes y a
sus oponentes más radicales? Si el fin de la guerra
fría (y del modernismo) ha traído un nuevo nivel de
inclusividad cultural para estas instituciones culturales,
¿qué
podemos entonces decir de lo que se ha vuelto la noción
que una vez fue desafiante de contra-cultura? Será tal
vez herético el proponer lo siguiente, pero si estamos
de acuerdo en decir que el poder institucional no es
un fantasma, puedo entonces sugerir que la función institucional
-para trabajar de nuevo con una expresión de Foucault-
es sólo raramente dirigida de manera precisa ni fundamentalmente
represiva hacia su otro. En este sentido, ¿no
están los museos, las universidades, las corporaciones
e incluso tal vez las fuerzas armadas plagadas de disfunciones
administrativas, de redundancias e incluso, de conflictos
internos a veces desestabilizadores? Además, su eficiencia
intermitente en el campo de batalla cultural o militar
¿no es a menudo el resultado más de una escala de magnitud
que de una organización eficiente? Naturalmente, los
administradores, los ejecutivos y los curadores se pondrán
en última instancia siempre del lado de la función institucional.
Sin embargo, en cualquier punto anterior a este empalme
crítico, hay intrigas, asuntos e infidelidades de un
gran potencial para los activistas políticos, para los
intervencionistas y para los radicales de la cultura.
Hoy, incluso las
artes más formales expresan una pretensión de tener
relevancia social. Se ha vuelto casi de rigor hacer
referencia explícita a cuestiones políticas, a la diversidad
cultural, al género y a la identidad sexual(cada vez
menos, hay que agregar, a la clase social o a la desigualdad
económica). De hecho, este tipo de rutinas puede ser
lamentable por razones tanto políticas como artísticas.
Aún, partiendo de la perspectiva de un artista activista
y políticamente comprometido o de un organizador, este
tipo de ambición intra-institucional y liberal puede,
de hecho, ser útil a pesar de ser fuente de frustración.
Útil, ya que una cierta cantidad de trabajo político
verdadero puede ser "apalancada” a través de ésta,
y fuente de frustración ya que los curadores, los artistas,
los administradores de los museos y los académicos por
descuido confunden el tipo de transgresión simbólica
que sucede dentro del museo con un activismo directo
y político que ocurre en los niveles jurídico, penal
e incluso en los niveles globales de la sociedad.
El reflejo de hacer
que el arte sea socialmente relevante parece haberse
acelerado tras la caída de la Unión Soviética y el fin
de la Guerra Fría. Esto se debe tal vez al hecho de
que los artistas de los EE.UU. no tuvieron ya más necesidad
de demostrar al mundo una fidelidad absoluta con la
individualidad como la demostrada por el expresionismo
abstracto de los años cincuenta. Al mismo tiempo, sin
embargo, nuevos fundamentos para justificar la cultura
fueron necesarios después de la "caída del muro”.
Una manera de hacer las cosas que cumplió con este desafío
se enfocó en las prácticas basadas en la pertenencia
comunitaria. De esta manera, durante estos últimos quince
años, hemos visto a la Fundación Nacional para las Artes
(NEA, por sus siglas en inglés) darle un apoyo creciente
al arte como una profesión educativa e incluso terapéutica.
Contrariamente a esto, al final de los años setenta
y al principio de los años ochenta, el arte directamente
implicado en los asuntos sociales concretos era rechazado
como utilitarista y como no suficientemente abstracto
para ser tomado en serio. A pesar de que pueda parecer
difícil de comprender hoy en día, en 1975 la resistencia
contra todas las formas de contaminación de los altos
estándares culturales mediante la política hizo caer
al equipo editorial de corta vida de John Coplans y
Max Kozloff de la revista Artforum. Coplans y Kozloff habían traído a la influyente revista
especializada un grupo de historiadores de arte y de
escritores radicales como Carol Duncan, Allen Sekula,
Lawrence Alloway, Alan Wallach, Eva Cockcroft y Patricia
Hills. Estos escritores se atrevieron a sugerir que
el arte no es una expresión autónoma de una verdad transcendental,
sino una parte integrante del mundo social. Hilton Kramer,
entonces el principal crítico de arte del New
York Times y a la vez ardiente guerrero frío hizo
en ese momento un llamado abierto a los negociadores
de arte para que boicotearan la revista. En lo que puede
ser considerado como un golpe de estado virtual, Coplans
y Kozloff fueron ambos despedidos de sus respectivos
puestos[1].
Hacia el fin de los
años setenta, algunos artistas políticamante comprometidos
se volvían cada vez más sofisticados en su mezcla del
ámbito simbólico de la elaboración artística con las
necesidades prácticas del activismo político. Contrariamente
a una generación anterior, ejemplificada por Donald
Judd o Carl Andre, que se opusieron a la guerra de Vietnam
y que apoyaron el movimiento de los Derechos Civiles
y que sin embargo siguieron siendo minimalistas devotos,
muchos artistas posformalistas colaboraron tanto entre
ellos como también con los ambientalitas, con los activistas
anti-nucleares y del derecho a la vivienda y con los
trabajadores sociales, produciendo de esta manera un
campo heterogéneo de formas y estilos artísticos que
tomaron en cuenta las cuestiones sociales. Una lista
incompleta de organizaciones que operaron en el área
de Nueva York entre 1979 y 1982 incluye las organizaciones
siguientes: PAD/D o "Political Art Documentation
and Distribution” y "Group Material”; organizaciones
anti-nucleares como "Artists for Survival” y "Artists
for Nuclear Disarmament”, el grupo asiático-americano
"Basement Workshop” basado en la pertenencia comunitaria;
activistas mediáticos incluyendo "Deep Dish” y
"Paper Tiger Television” y los colectivos feministas
"No More Nice Girls”, "Heresies” y "Carnival
Knowledge”. Esta lista podría además ser reclasificada
para hacer resaltar a proyectos específicos como el
"Women's Pentagon Action” y el "Anti-WW III
Show”; el "Real Estate Show”, una exposición anti-gentrificación
organizada por un grupo de "Colab”, puesta en escena
en el espacio de un squat en el Lower East Side; "Bazaar
Conceptions”, una "feria callejera” en favor del
derecho al aborto organizada por el "Carnival Knowledge”
y una subasta de arte para ayudar a financiar un centro
de mujeres en Zimbabue organizada por el colectivo ultra-izquierdista
"Madame Binh Graphics” del cual algunos miembros
fueron después detenidos en la isla de Rikers en conexión
con el infame robo Brinks en el norte del estado de
Nueva York[2].
Cuando hablamos entonces
de activismo político al interior
del museo, como lo afirmó un eminente curador de arte
contemporáneo hace varios años, es importante contrastar
el tipo de compromiso material y crítico que he descrito
en los párrafos anteriores, con los ensayos que hablan
sobre "subvertir el marco institucional” o sobre
"transgredir” las convenciones de representación
o los modos de visualización.
Para sintetizar brevemente
entonces y partiendo de la perspectiva de una práctica
políticamente comprometida, sea cual sea el motivo para
establecer una alianza entre el mundo del arte de la
posguerra fría con un contenido social, éste debe ser
descifrado como un espacio potencial para el encuentro.
Pensar de otra forma, quedarse en posición de confrontación
a toda relación institucional, consiste en asumir la
posición ideológica más confortable posible. Esto deja
a la institución en manos de los administradores y de
los intelectuales que califican el impulso hacia la
justicia económica y política como algo irrealizable,
dirigiéndose en lugar de esto hacia la exploración melancólica
de la significación personal o hacia la indulgencia
ligera con la cultura popular. En consecuencia, la moda
actual de lo políticamente correcto (para usar una expresión
que no me gusta, pero que tiene perfectamente sentido
en este contexto) es útil porque que provee un impulso
para una cierta medida de trabajo político comprometido[3].
Tal vez la manera
más clara de despejar este dilema es bajo la forma de
una pregunta. ¿Cómo puede el artista aprender
a usar una porción del poder institucional manteniendo
al mismo tiempo una distancia y un margen de autonomía
en relación con la institución? Al mismo tiempo, tenemos
la necesidad de establecer interrogantes éticas que
se encuentran abiertas – no sólo para los artistas sino
también para los curadores y administradores de arte
que apoyan esta iniciativa y que trabajan "al interior”.
En otras palabras ¿cuál
es la naturaleza de la contradicción que estos lazos
potencialmente peligrosos pueden producir?
Partiendo de mi propia
experiencia, los artistas que trabajan en los depósitos
abandonados y en los talleres subterráneos, en los centros
cooperativos y en los squats urbanos, creen que las
grandes estructuras institucionales operan con una precisión
de tipo militar para desactivar estratégicamente las
prácticas de las base de resistencia. En respuesta a
esto, toda práctica de oposición viable se ve obligada
a establecerse constantemente en un perímetro cada vez
más alejado de la zona hegemónica institucional en expansión.
Sin embargo, incluso con esta posición exterior extrema,
que se encuentra a una distancia suficientemente alejada
del discurso y de la economía del museo, hay una forma
de fidelidad tácita hacia la esencia institucional del
museo. Hay también una vago reconocimiento de que la
pasión que sostiene y lleva a la oposición es motivada
tanto por una afinidad hacia los ideales fracasados
de tales instituciones como por una hostilidad declarada
hacia el poder institucional, ya que incluso el colectivo,
grupo artístico o colaborador político más fugitivo
y descentralizado requiere de una cierta forma de estructura
operatoria, un tipo de arreglo institucional y de una
estructura de organización sin que importe realmente
si es enunciada o bien espontánea e informal. Pensar
lo contrario implica naturalizar y mistificar lo que
es un tipo específico de relación contractual entre
individuos que tienen intereses comunes (dentro de los
cuales encontramos a menudo la amenaza percibida o real
de ser aplastados por la hegemonía institucional). Y
seguramente en un cierto nivel, tanto el museo como
su contraparte –las organizaciones culturales informales
resistentes y residuales – reconocen que la institución
centralizada estrictamente hablando no existe. En lugar de esto está construida
dentro de un campo de ideas como de variables económicas
que están conjuntamente, aunque desigualmente compartidas,
por el centro y los márgenes. Esto significa que los
los activistas deben desarrollar la fineza de ver el
museo y también a la universidad o a la corporación
como basadas virtualmente sobre la productividad colectiva
de aquellos a los que regula. En el caso del museo,
esto incluye naturalmente a los artistas, pero también
al personal de lo museos y al público que los frecuenta.
Para parafrasear al filósofo Gilles Deleuze, la institución
es un aparato de captura. Pero ¿qué atrapa este aparato?
Logra atrapar el entusiasmo de los artistas, por lo
menos durante un breve instante. (Siempre
es necesario preguntarse, ¿cuáles ideas peligrosas o
incluso traidoras se derraman dentro de la institución
como resultado de este secuestro que es también una
infección?)
Finalmente, si uno
se describe a sí mismo como artista y al mismo tiempo
como ser político o lo que Pier Paolo Pasolini llamaba
un "ciudadano poeta” hay que sentirse entonces
incómodo con el neoliberalismo de las instituciones
de la posguerra fría, especialmente aquellas que parecen
demasiado deseosas de adoptar formas prudentes de disidencia
política, incluyendo la demanda no formulada de que
los curadores sean culturalmente inclusionistas y socialmente
progresistas. A pesar de esta incertidumbre y de nuestras
fidelidades compartidas, debemos ahora seriamente considerar
abordar de nuevo la idea de autonomía crítica que grupos
como el PAD/D trataron de establecer hace más de veinte
años. No hago aquí referencia a la noción modernista
de autonomía en la cual el objeto artístico es celebrado
como algo en-sí y por-sí mismo, trascendiendo la vida
cotidiana. Quisiera más bien proponer la reintroducción
del concepto de un modo de producción y de distribución
cultural que auto-valide y que se sitúe al menos parcialmente
afuera de los confines de la matriz del arte contemporáneo
como también de los mercados globales. En otras palabras,
un activismo autónomo auto-consciente en el cual los
artistas producen y distribuyen una cultura política
independiente, que usa a las estructuras institucionales
como recursos y no como puntos de conclusión o finalización.
Como argumentan los teóricos Michael Hardt y Antonio
Negri, el capitalismo puede estar transformándose en
un fantasma que circula por la arena global, pero:
"alrededor de él se mueven
procesos radicalmente autónomos de auto-valorización
que no solamente constituyen una base alternativa de
desarrollo potencial, también representan una nueva
base constituyente.”[4]
Naturalmente, una
tal autonomía crítica no podría existir demasiado tiempo
en estrecha proximidad con instituciones voraces como
los museos de arte, los kunsthalles o las bienales internacionales.
Esta lección ha sido bien aprendida desde los años ochenta,
cuando un grupo selecto de artistas fue escogido para
representar "el arte político” al interior de la
industria cultural dominante.[5]
No, lo que se requiere es un
programa de robo y de sedición a largo plazo con el
objetivo de romper y de reapropiarse del poder institucional
con objetivos específicamente políticos. Una vez más,
el trabajo originario de colaboraciones autónomas, incluyendo
al PAD/D y a los grupos REPOhistory, RTMark, Sans Papiers,
Temporary Services, UltraRed ou Ne pas Plier y al Colectivo
Cambalache, para mencionar solo a algunos ejemplos activos
en Estados Unidos y en Europa, pueden servir como modelos
provisionales.
¿Pero
qué pasa con nosotros ? Nosotros, intelectuales sin
fe, artistas, curadores y administradores, incluido
yo? Tenemos necesidad de olvidar activamente
la naturaleza complicada de nuestra situación intrincada.
Debemos romper con las bien cuidadas rutinas de la fidelidad
y de la traición que circulan tanto al interior como
al exterior del museo y movernos hacia el reconocimiento
del potencial radical ya presente en la acción colectiva.
Como Passolini consideraba:
Presencia corporal
colectiva
sientes la ausencia de toda verdadera
religión: no vida sino supervivencia[6]
Texto
traducido por Francisco Padilla
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