|
De hecho, incluso de acuerdo con la leyenda talmúdica,
los ángeles son creados (ángeles nuevos en incontables
multitudes a cada instante) de modo que en cuanto han
cantado su himno a Dios se detienen y se desvanecen
Walter
Benjamin, Announcement of the journal: Angelus Novus[1]
La multitud es un
nuevo ángel o, mejor dicho, el retorno del "ángel
de la historia" en forma muy modificada y
positivizada; un ángel completamente secularizado y
subjetivo, un ángel–trabajador cristiano que no sólo
profetiza el advenimiento de una futura libertad feliz,
sino que se encamina inexorablemente hacia el Sol "en
la cegadora luz del claro día".[2] El ángel de Imperio,
al que Antonio Negri y Michael Hardt han llamado Multitud,
representa una posición teórica en la que lo mesiánico
y lo político ya no apuntan en direcciones diferentes. La
convergencia positiva, que da como resultado un operaismo mesiánico —la Multitud es el bien y la Multitud vendrá—
es probablemente lo que causa cierta incomodidad de este
concepto; aunque, por otro lado, despierte respeto el que
los autores insistan en la posibilidad del comunismo a
pesar de tantas victorias del capitalismo y en contra de
los funcionarios de la izquierda de tristes pasiones. El
libro trata de una cuestión política pocas veces
suscitada: ¿por qué sigue la gente adelante con todas
esas malditas acciones, manifestaciones y discusiones
inacabables? ¿Creen en lo que hacen? ¿No se sienten incómodos
por ser siempre los que están allí con demasiada
convicción y demasiadas palabras? ¿De verdad esperan un
cambio radical? ¿O es que, simplemente, necesitan
entretenerse en algo, sentir el alivio de un
reconocimiento y por casualidad han elegido la política
como su hogar, como su campo de distinción y de
disciplina? Imperio responde a la pregunta con la religiosidad militante de
quien cree: la multitud, como la forma en la que la
subjetividad de resistencia emerge en el capitalismo
avanzado, es espontáneamente comunista. Se beatifica por
medio de la productividad en la pobreza, porque "el
biopoder y el comunismo, la cooperación y la revolución
continúan unidos en el amor, en la sencillez y, también,
en la inocencia".[3]
¡Guau! Increíblemente religioso, increíblemente
ferviente.
En la obra de Benjamin,
que describió los encuentros más bellos entre el marxismo
y los ángeles, lo mesiánico apunta en una dirección
diferente a lo político. En ciertos momentos lo político
se cruza con el movimiento contrario del mesianismo,
que sigue la mística del salvador que vendrá, y experimenta
un poder con el que se dirige hacia la levedad de la
felicidad, que no puede ser programada en términos de
filosofía de la historia.[4]
En lo político, la promesa de la felicidad es un recordatorio
de que no se deben confundir la racionalidad del progreso,
el desarrollo de las fuerzas productivas y la disciplina
con la emancipación. Esta condición de felicidad en
lo político, lo mesiánico sin mesianismo, promete que,
en medio de la catástrofe (que todo siga como antes)
puede surgir un tiempo de lucha distinto. Para Benjamin,
el "Ángel de la historia"[5]
es el mensajero de esa actualidad. Se sitúa entre la
catástrofe y el progreso y, por tanto, representa el
conocimiento de que existe un nexo entre ambos que permanece
en el triste truco de la modernización, en la exitosa
derrota de las luchas. Lo que el ángel representa es
que esa condición no es una totalidad cerrada. Es una
huella que remite a la línea del mesianismo judío en
el pensamiento de izquierda, línea en la que Agnes Heller
se situó con la máxima intensidad en 1968:
Todo mi modo de vida,
no sólo mis creencias, era esperar. Viajar a Hachshara[6] o unirse al Partido Comunista
no era mesiánico en sí mismo, pero sí estaba ligado
a ideas mesiánicas. Sin embargo, en 1968 nos enfrentamos
al desafío definitivo de tener que actuar aquí y ahora
en nuestra propia vida como si el Mesías ya estuviera
aquí. La anticipación como modo de vida, no como creencia:
eso era el verdadero mesianismo.[7]
Esta larga línea
de anticipación mesiánica importada a la política está
representada en Imperio por los maestros cristianos de la Iglesia, por Agustín y su
idea de la Ciudad de Dios —en la que extranjeros nómadas
trabajan juntos para crear un mundo común— o por San
Francisco de Asís quien, en los albores del capitalismo
comercial en pleno siglo XIII, decidió vivir entre los
pobres. El hecho de que Negri y Hardt pasen por alto
la tradición judía de lo mesiánico sin mesianismo, y
la sustituyan por figuras cristianas e imágenes como
la de la celebración secular de Pentecostés, la peregrinación
inmanente o la encarnación de la multitud, resulta especialmente
sorprendente, en tanto que la universalización teórica
de la experiencia judía en el pensamiento posestructuralista,
a la que aluden en su distancia de la dialéctica, la
teleología y la filosofía de la historia, remite a la
figura del Éxodo. Para Negri y Hardt, el éxodo es la
principal forma de expresión de la multitud: el éxodo
social de la disciplina del fordismo y del socialismo,
el éxodo económico de las zonas empobrecidas del mercado
mundial, el éxodo antropológico de la construcción del
cuerpo humano generizado. Maurice Blanchot escribió
en 1969 sobre la universalización del éxodo como experiencia
judía:
Si el judaísmo está
destinado a adquirir un sentido para nosotros, lo es
para mostrar que hay que estar siempre dispuesto a ponerse
en camino porque salir (ir a afuera) es la exigencia
a la que uno no puede sustraerse si se quiere mantener
la posibilidad de una relación de justicia. Exigencia
de desarraigo, afirmación de la verdad nómada. (...)
Cada vez que el hombre judío nos hace un signo en la
historia, lo hace con una llamada al movimiento.[8]
Aunque la descripción
que Negri y Hardt hacen de la multitud como flexible
y desertora roce de modo casi doloroso un nomadismo
kitsch, convierten a la multitud en un ángel cristiano
que se ha hecho carne y sujeto. Así, el ángel no expresa
ya una virtualidad del tiempo que promete el cambio
ante la catástrofe sino más bien una virtualidad del
sujeto. El ángel ha sido explicitado como sujeto de
producción. Su representante universal en la tierra
es el subalterno posproletario, el pobre globalizado
que ha abandonado la fábrica, el vogelfrei[9]
del mundo capitalista e imperial.
El Vogelfrei es un ángel o un demonio intratable.
Y aquí, después de tantos intentos de transformar a
los pobres en proletarios y a los proletarios en un
ejército de liberación (...) surge una vez más, en la
posmodernidad, a la cegadora luz de un día claro, la
multitud, el nombre común de los pobres. (...) En otras
palabras, los pobres, cada persona pobre, la multitud
de personas pobres se ha comido y ha digerido a la multitud
de los proletarios. Por ese mismo hecho, el pobre se
ha vuelto productivo.[10]
Esta visión positiva
del ángel, esta lucha de clases en la teoría del ángel
nos muestra una paradoja teórica fundamental en Imperio.
Consiste en el modo en el que el libro emprende el intento,
a un nuevo nivel verdaderamente fascinante, de unir
marxismo, posestructuralismo y el análisis de la teoría
económica feminista, para el que las actividades llamadas
de reproducción son igualmente productivas. Negri y
Hardt realizan tres operaciones básicas sobre todas
las figuras del posestructuralismo: la positivización,
la productivización y la subjetivación, y lo hacen claramente
más allá de la comprensión posestructuralista de la
positividad y la productividad en tanto que características
distintivas de un poder que no oprime en todas las circunstancias,
sino que más bien las funda (Foucault)[11]
o como una característica distintiva de un deseo productivo
que expresa la línea constitutiva de lo histórico (Deleuze/Guattari).[12]
A las cuestiones
fundamentales de la teoría social crítica (¿qué es constitutivo?
¿por qué sucede algo? ¿por qué tiene lugar la historia?)
Negri y Hardt responden: porque la multitud lucha. Es
el legado del operaismo
que sobrecodifica su teoría, el viejo lema de los trabajadores
que producen la crisis, a la que el capital reacciona
con estrategias de modernización. Así, todo el libro
está atravesado por la paradoja que consiste en introducir
los restos de una concentración de fuerzas productivas
y del trabajo, así como la noción de una autonomía de
una clase ampliada a la masa, en el pensamiento a-subjetivo
y contingente del posestructuralismo marxista o que
trata de teorizar el capitalismo. Al leer el libro,
una se ve intentando defenderlo constantemente contra
sus autores, intentando usarlo contra su gesto operaista
y eliminar por completo del mismo la figura de la autonomía.
Porque la multitud o es singular, como dicen en varios
lugares Negri y Hardt, o es autónoma. Singular quiere
decir que en ella se materializa una relación específica
entre personas y cosas en una situación social, una
concatenación específica entre lo económico, lo maquínico,
lo sexual, lo "genérico" y lo psíquico, que
se constituye a través del movimiento del deseo en el
que el poder social se erige, se institucionaliza y
se hace discurso. La posibilidad de un cambio emancipador,
que Negri y Hardt llaman protocomunismo, se acumula
en el modo de esa concatenación y no en el sujeto. La
accesibilidad del saber sobre los procesos productivos,
la deserción autoorganizada del aburrimiento de una
vida estandarizada y del sufrimiento de los desiertos
del mercado mundial capitalista, el deseo de ir más
allá del orden yo–otro del mundo a escala pequeña y
grande, constituyen una condición social de progreso
que nada tiene que ver con la autonomía.
Esta condición está
abierta a la reintegración, a una movilización funcional
en un capitalismo extremadamente diferenciado que explota
también los afectos y los sentimientos en tanto que
recursos humanos, en tanto que productividad del estilo,
de la motivación, de la cultura de supervivencia United
Colors. Para Negri y Hardt, sin embargo, la multitud,
que se hace visible en las migraciones y el trabajo
inmaterial es autónoma y, por tanto, elude potencialmente
la dominación. Permanece indemne a los procesos de dominación.
El poder imperial sólo es efectivo al encontrarse con
la resistencia de la masa y al verse impulsado por "la
resistencia de la multitud contra el poder imperial".[13]
Pero es este idealismo operaista
el que trata de limpiar de la huella del poder la subjetivación
avanzada en el capitalismo, y sueña con una subjetividad
limpia, feliz y protocomunista enfrentada a un poder
externo a ella, que sólo funciona de forma negativa
y represiva.
Este modo de argumentación
adopta la noción de efectividad diagramática del poder
que se halla en Foucault y Deleuze, pero en una dirección
engañosa. Sostener que el poder es una aritmética diagramática
que permanece externa a la condición que produce no
significa que el poder se quede "allá fuera",
a la intemperie, en relación con las prácticas sociales
de los sujetos, ni siquiera de los emancipatorios. Por
el contrario, este análisis tiene que ver con la descripción
de la distinción entre el poder de un lado y el saber/institución
de otro. El diagrama del poder funda una relación entre
lo no relacionado. Hace converger las diferentes líneas
de desarrollo del saber (la medicina, la psicología,
el derecho penal, la pedagogía, etc.) y de la institución
(la clínica, el manicomio, la prisión, la escuela, etc.).
El poder es la línea abstracta que conjunta a las otras
dos en un dispositivo. Esa es la intención de tesis
(a la que se refiere Negri y Hardt en Imperio):
la de que el poder es una estratagema que permanece
externa a los dispositivos. Sin embargo, el dispositivo
mismo impregna la subjetivación y todas las formas de
expresión social y constituye al sujeto como efecto
del poder.[14]
Una teoría vale por
lo que se puede hacer con ella. Y se puede hacer mucho
con la teoría de Imperio, si se la despoja del ímpetu cristiano, del operaismo
entusiasta y del traslado de lo emancipatorio a una
subjetividad autónoma. El concepto de multitud, por
ejemplo, en comparación con el neoleninismo de Savoj
Zizek, está marcado por la voluntad política de no volver
a caer ante la crítica de la vanguardia, del cuadro,
de la delegación y la representación. Además, con Imperio entramos en un universo analítico que teoriza el desarrollo
futuro de la socialización capitalista más allá del
reino de un economicismo a escala internacional. Este
desarrollo está determinado por la extensión de la regulación
del biopoder, por la subsunción real de las sociedades
en el capital y por la transición de una sociedad disciplinaria
a una sociedad de control. El concepto de biopoder[15] se utiliza para intentar definir
la ciencia de la vida en tanto que estrategia de gobierno.
Desde el siglo XVII el poder se dedica a la gestión
de la vida a dos niveles, el del cuerpo de la población
(demografía, urbanismo, cálculo de recursos/habitantes,
tablas de riqueza, etc.) y el del cuerpo individual,
que es movilizado y normalizado por las instituciones
del humanismo (la clínica, la escuela, el ejército,
etc.). Este desarrollo ha coexistido con el desarrollo
del capitalismo desde sus inicios. En el proceso de
subsunción real anticipado por Marx,[16]
se trata de ver cómo el movimiento del capital se abre
camino devorando los cuerpos, los afectos, la socialidad
de las sociedades y todo el territorio del planeta.
El propio Marx había insistido en la potencia de la
producción ilimitada de mercancías para universalizar,
para barrer prejuicios, eliminar barreras nacionales
y expandir las fuerzas productivas y las necesidades
ad infinitum.
La teoría de Imperio
trata de describir una formación internacional del capital
que ya no reconoce ningún exterior no capitalista, hacia
el que se ha expandido primero de forma colonial y después
imperialista. Al alcanzar las fronteras exteriores,
las fronteras interiores se vuelven más flexibles. Los
muros de los grandes sistemas de encierro, desde la
fábrica hasta la familia, se derrumban ante el doble
asalto de las revueltas y la absorción por la economía.
Sociedad de control[17]
significa que la disciplina de la escuela o de la familia
se vuelve ambulante y los sujetos se convierten en alumnos
fuera de la escuela, trabajadores fuera de la fábrica
y presos fuera de la prisión.
En Imperio
Negri y Hardt otorgan a la multitud la capacidad de
responder productivamente a todas estas transformaciones,
porque las consideran el resultado de las luchas de
los sujetos contra las instituciones y contra la explotación,
en el sentido en que las revueltas contra la disciplina
de fábrica llevaron a la dispersión de la fábrica por
todo el plano del territorio social e internacional.
Para ellos, la insolencia del llamado neoliberalismo
se convierte en la fuerza de una subjetividad que se
ha apropiado del conocimiento de la producción, de la
organización de lo social y de la cooperación de la
vida y los sentimientos.
Así, sólo han enunciado
el problema de modo descriptivo: la catástrofe de una
sociedad que va dando tumbos de modernización en modernización,
pero sin ser capaces de explicarlo. Simplemente lo añaden
a su operaismo
optimista: añaden lo que es evidente. Su salto mortal
teórico se halla en la división del mundo entre un gobierno
imperial negativo y una multitud positiva. Su análisis
mesiánico del futuro posible de trabajo inmaterial y
migración autónoma pasa con demasiada ligereza por encima
de la condición política de los sujetos postfordistas
que votan por Schill, por el FPÖ o por Forza Italia.
Da escasa importancia a la dinámica de transformación
que llevó al fordismo a una crisis en los países excoloniales
en los que nunca se había llegado a establecer de verdad.
Como si bastara con nombrar la violencia del Imperio
para regresar al pathos
de la multitud comunista. Mientras el Imperio capitalista
integra los proyectos de industrialización desarrollista
y de sustitución de importaciones, así como las dictaduras
de desarrollo hacia el fordismo en forma de Estados–nación
(seguidas de los Estados del socialismo real), esa multitud
protocomunista que se habría apropiado de las herramientas
y el conocimiento de la cooperación se deja ver poco
por el Norte y el Sur, por las economías de la inmensa
pobreza, en el trabajo doméstico y en la miseria de
masas del autoempleo. Lo que aparece en su lugar es
la base de la alianza posible entre el autoempleo neoliberal
de ricos y pobres y las ideologías étnicas, político–religiosas
y racistas. Eso es lo que falta en el pensamiento de
Imperio: la
No–Multitud.
Traducción de las
versiones inglesa y francesa de Manuel Aguilar Hendrickson
|