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1.
El sexo, el cuidado y la atención no son objetos
preexistentes, sino estratificaciones sociales históricamente
determinadas del afecto, asignadas tradicionalmente a
las mujeres.
La
historia del sexo y el cuidado como estratos
es antigua. Casi desde los orígenes de la cristiandad,
ambos fueron asociados a un modelo bipolar femenino,
que colocaba, de un lado (positivo), a la Virgen María,
mujer virtuosa, madre de Dios, y del otro (negativo)
a Eva, la gran pecadora del Apocalipsis, la transgresora,
la puta. Pronto, el primero de estos polos se desdoblaría
en dos opciones, la maternidad y la virginidad, ambas
asociadas a la Virgen María y al cuidado, mientras que
la imagen de Eva y sus seguidoras (María Magdalena,
Pelagia, Tais...) se convertiría en el estereotipo de
mujer activa sexualmente y, por ello mismo, desvalorizada
y estigmatizada.
Evidentemente, esta bipolaridad, al perdurar en el tiempo
y expandirse en el espacio, iría presentando importantes
variaciones y aparecería declinada de diferentes modos
en función de las clases sociales, las áreas geográficas,
los contextos culturales concretos, etc., pero lo cierto
es que entraría en perfecta simbiosis con el modelo
de familia nuclear burguesa que el capitalismo convertiría
en ideal reproductivo dominante y contribuiría a producir
lo que Betty Friedan llamó la "mística de la feminidad":
la puta sería el espejo en negativo en el que la buena
mujer (madre y esposa o soltera virgen entregada a los
demás) debía mirarse, para saber en todo momento si
no se estaba desviando del buen camino.
La
Ilustración, así como los procesos de industrialización
y urbanización (ligados a una creciente preocupación
por la "higiene" de las poblaciones) produjeron
en el control de la sexualidad femenina un tránsito
paulatino de las sanciones religiosas a las sanciones
legales, que incluyó en muchas áreas (Estados Unidos,
Gran Bretaña, Australia...) la regulación del intercambio
de servicios sexuales por dinero. Fue así cómo apareció
la prostitución tal y como la conocemos hoy en día,
es decir, como ocupación o profesión especializada dentro
de la división del trabajo del capitalismo patriarcal,
y cómo ésta se restringió a determinados espacios y
sujetos (dejando de ser un recurso ocasional de mujeres
obreras y campesinas).
La frontera entre la puta y la buena mujer quedó así
construida de manera más rígida que nunca. Por lo tanto,
si una mujer era una perdidilla (o de sexualidad rara
o una madre soltera o una a la que le gustaba ir follando
por ahí), se le decía puta y así se establecía una barrera
clara que la excluía de otras opciones (claramente,
de las funciones de esposa y madre digna). Aunque en
principio no tuviera esta profesión, podía acabar muy
fácilmente teniéndola. Salía del mercado matrimonial
(el de las relaciones "normales", monógamas,
reproductivas y subordinadas), y terminaba o en alguna
institución (cárcel, patronato para jóvenes perdidas...)
o en la calle, más exactamente, "haciendo la calle".
Por
su parte, la atención como actividad diferenciada
constituye un elemento nuevo. Esa capacidad de escucha
y empatía tan asociada a los modelos de feminidad, pero
también a las actividades concretas reservadas históricamente
a las mujeres (tanto en los ámbitos del cuidado, como
del sexo) se aísla como función específica y se pone
a trabajar para la naciente industria de la atención,
en sus diferentes variantes: telemarketing,
televenta, teleasistencia, servicios de atención al
cliente... De este modo, la atención, intercambiada
por dinero en función de un patrón temporal de medida,
se separa de la comunicación encarnada, aquella que
produce relación duradera, confianza y cooperación,
y da paso a un intercambio funcionalizado y no implicado
de códigos (palabras y gestos). En este sentido, los
relatos que hacen las propias teleoperadoras de su trabajo
son suficientemente expresivos: se trata sobre todo
de escuchar, de sonreír (sonreír a través del teléfono,
aunque no puedan verte, para que la voz suene agradable)
y luego, derivar a otro lugar... o, sencillamente, dar
largas. Como nos contaba una compañera en una de nuestras
derivas: "intentas hacer las cosas lo mejor que
puedes, pero es que no lo puedes hacer bien, si es que
no es tu trabajo. Sólo es aguantar, entonces, eso sí
que es duro, pues que alguien te esté contando algo,
realmente, que te da pena, que se quede sin teléfono
dos días y no poder decirle, pues mire, dese
de baja, porque no se lo vamos a solucionar, entonces,
simplemente, pues darle largas, decirle que vas a hacer
todo lo que puedas...".
La empatía queda así reducida a pura sonrisa telefónica.
¡Que se lo digan a Mara en Hablar por hablar!
2.
Nuestros recorridos por la ciudad, preguntándonos por
nuestros propios cotidianos precarizados, y preguntando
a otras, nos han llevado a abandonar los modos de enunciación
que hablan de cada una de estas funciones por separado
y a pensar más bien desde el punto de vista de un continuo
comunicativo sexo-atención-cuidados.
Decimos
comunicativo porque estos tres elementos (sexo,
atención y cuidado) crean relación, son modos de comunicación
corporal. Pero ¿por qué llamarlo continuo? Por
un lado, para subrayar precisamente los elementos de
continuidad que existen por debajo de la estratificación,
fuera de las imágenes congeladas, en las prácticas concretas
y cotidianas, que siempre son mucho más complejas y
fluidas que cualquier icono. De este modo, pretendemos
desafiar la supuesta naturalidad de los estratos y abrir
posibilidades de alianza y de conflicto transversales.
Como decíamos en otro lugar: "el capital fragmenta
lo social para restar valor, nosotras agregamos para
elevarlo y desplazarlo hacia otros lugares".
Por
otro lado, hablamos de continuo porque detectamos que
las posiciones fijas tradicionales de las mujeres (y
las de los géneros en general) se están haciendo más
móviles, a la vez que se crean posiciones nuevas. La
puta ya no es sólo y siempre una puta y la santa madre
ya no es tan santa ni sólo y únicamente madre. Al mismo
tiempo, empresas de telemarketing y sindicatos
del sector presionan para que la atención pase a ser
una profesión diferenciada, con su proceso formativo
específico: nacería así la atenta, esa profesional
del escuchar y derivar (a otro teléfono, a otro servicio,
a una llamada o visita ulterior), aunque, en un momento
en el que el puesto de trabajo es cada vez menos un
elemento organizador de la identidad (individual y colectiva),
está por ver si esta posición podría llegar a coagular
como tal.
Pero
seamos un poco rigurosas y vayamos desglosando por partes
la reconfiguración del nexo entre sexo, sexualidad y
cuidados (o, más genéricamente, reproducción), la reorganización
de los cuidados, el estallido del sexo como intercambio
mercantil más allá de las fronteras a las que estaba
acotado y sus relaciones con la industria de la atención
¿Quién da más?
Efectivamente,
constatamos una diversificación en las variantes de
ese tipo peculiar de contrato que es el "contrato
sexual".
A los tradicionales contratos de matrimonio y prostitución
(cortados por el patrón patriarcal heterosexual), se
suman de manera cada vez más generalizada otras modalidades,
como el alquiler de madres (por parte de parejas que
no pueden tener hijos) o los nuevos tipos de contrato
matrimonial (el de las esposas por encargo –con frecuencia
de países del Sur–, el matrimonio homosexual, las bodas
como forma de solidaridad entre autóctonos y sin
papeles...), que rompen con la regulación clásica
entre sexo, sexualidad y reproducción. Como era de esperar,
esta transformación de los tipos contractuales tiene
un correlato material: la crisis del modelo de familia
nuclear fordista y la proliferación de otras modalidades
de unidad de convivencia: hogares monomarentales o plurinucleares,
familias transnacionales, grupos constituidos por lazos
no sanguíneos...
Del
mismo modo, la organización del cuidado experimenta
fuertes cambios que, junto a otras compañeras, entendemos
en términos de crisis
pero también de ocasión (para una transformación
social que alíe cuidado y deseo de una manera más justa
para todos y todas). En otro lugar, hemos hablado extensamente
sobre las características de esta crisis de cuidados;
aquí nos limitaremos, por razones de espacio, a enumerar
cuatro elementos cruciales de su fisonomía. En primer
lugar, el paso del Estado del bienestar (que mal que
bien garantizaba el acceso de todo aquél considerado
ciudadano a una serie de derechos) a la "gestión
del riesgo" (o, más bien, a la contención
de los sujetos de riesgo) en manos de un "tercer
sector" en expansión, donde el trabajo concreto
lo realizan fundamentalmente mujeres (y algunos hombres)
"voluntarias" y/o contratadas eventuales y
precarias, sometidas a fuertes niveles de tensión y
responsabilidad.
En
segundo lugar, la externalización del hogar:
muchas de las tareas que antes se realizaban en el hogar,
ahora se resuelven en el mercado y muchas de las cualidades
del trabajo en el hogar impregnan hoy en día, funcionalizadas,
la ciudad-empresa. Los establecimientos de comida rápida
y los alimentos precocinados sustituyen las manos de
la madre que, con la ayuda de las hijas, conseguían
tener la comida lista para cuando los hombres de la
casa volvieran después de su jornada laboral; la contratación
de otras mujeres (con frecuencia migrantes de países
del Este o el Sur del mundo y, por lo general, con jornadas
laborales interminables a cambio de salarios muy bajos)
se convierte en un recurso generalizado que contribuye
a aligerar la carga de trabajo doméstico y a hacerla
compatible con otros empleos fuera del hogar, al mismo
tiempo que sostiene un trasvase afectivo Sur-Norte espoleado
por la crisis de la sostenibilidad de la vida en muchos
países del Sur; el extremo abaratamiento de la ropa
gracias a la deslocalización de las industrias del textil
a países donde los costes de producción son más bajos
(y los niveles de explotación mucho más altos) elimina
la necesidad de tejer, coser y zurcir en casa; el teléfono
dorado da conversación y consuelo contra la soledad
a abuelas cuyas hijas no dan abasto entre tanta tarea
y múltiple presencia; las capacidades tradicionales
del ama de casa (armonizar intereses contrapuestos,
intuir deseos, atender distintas necesidades, resolver
problemas de otros...) se transfieren a la empresa y
despliegan su virtuosismo para hacer que parezca natural
y fluido un entorno, cada vez más en red, que de otro
modo se desmembraría o estallaría... los ejemplos podrían
extenderse hasta la saciedad, el caso es que todo ello
configura lo que Donna Haraway ha denominado la economía
casera fuera del hogar.
Pero que no haya lugar a equívocos: esta externalización
del hogar no supone que el trabajo de cuidados haya
sido absorbido por completo por el mercado. Su coordinación
para asegurar la sostenibilidad de la vida y buena parte
de sus tareas concretas siguen recayendo mayoritariamente
de manera gratuita en manos y corazones de mujeres y
en las redes que éstas son capaces de crear, aunque
ya no sea en la reclusión de lo privado, sino dentro
de una intrincada red que atraviesa hogares, esferas
y países y, en ocasiones, tiene la línea telefónica
y el módem como uno de sus principales soportes.
Sigamos
con nuestra fisonomía de la crisis de cuidados: el tercer
elemento lo constituye la falta de tiempo, recursos,
reconocimiento y deseo para hacerse cargo del trabajo
de cuidados no remunerado –la desregulación laboral
se vuelve imposible de conciliar con la atención a quienes
precisan cuidados intensivos (niños, enfermos, discapacitados,
ancianos...) y las mujeres cada vez están menos dispuestas
a asumir esa "carga" invisible solas, sin
reconocimiento ni recursos para ello. El resultado es
una fuerte incertidumbre para los periodos de enfermedad
o vejez, sobre todo para quien no cuenta con el dinero
para comprar el cuidado a precios de mercado.
En
último lugar, tenemos las cuestiones urbanas: la crisis
(y destrucción) de los barrios obreros y de su fuerte
sentido de comunidad ha dado paso a un proceso de privatización
de los espacios públicos, que encuentra su máxima expresión
en las urbanizaciones cerradas, los grandes centros
comerciales y la hegemonía del coche. ¿Cómo construir
lazo, y a partir de ahí, relaciones de solidaridad y
cuidado, si ni siquiera podemos prefigurar espacialmente
un "nosotros", si nuestro contacto cotidiano
se reduce a vernos a través del mostrador, de los cristales
de las ventanas o de la verja del jardín interior, bajo
el brillo cegador de las vallas publicitarias o inmersos
en el ritmo vertiginoso de los escaparates? Tal vez
las pandillas de barrio sean para nosotras como la sonrisa
del gato de Cheshire para Alicia, que nos insinúan desde
la esquina el camino de posibles territorializaciones
afectivas (y de cuidado) en la ciudad privatizada...
Los
desplazamientos también son perceptibles desde el punto
de vista del consumo de bienes y servicios de carácter
sexual. La industria del sexo crece, se internacionaliza,
se diversifica, se sofistica, se mezcla con otras (por
ejemplo, con la de la atención, en la telefonía erótica
y el party-line)... Las mujeres no dejan de ser
su principal fuerza de trabajo, pero empiezan a aparecer
también como consumidoras... claro, ¡siempre que tengan
cash para pagárselo! El sexo como intercambio
mercantil impregna otros espacios (sexo-moda, sexo-espectáculo,
sexo-trabajo doméstico, sexo-servicios de cuidado, sexo-azafata
de congresos) e, inserto en
la cadena placer-consumo, se utiliza cada vez más como
reclamo comercial, ya sea en versiones más hardcore
o más dulcificadas. Así, su lugar se vuelve más incierto,
más generalizado, y la que se porta mal no se ve inmediatamente
abocada al otro lado de la barrera, a otra profesión,
a un modo de vida específico... Esta hipersexualización
paradójica (¡antes muerta que sencilla!), que
hace la sexualidad más presente y visible que nunca
sin mitigar en absoluto el estigma del servicio sexual
directo (prostitución) y creando, de hecho, nuevas fronteras
internas a la propia industria sexual (sexo-porno, sexo-calle,
sexo-teléfono), pasa por la
saturación de un plano fijo y excluyente heteronormativo.
Es cierto: el capitalismo ha aprendido también a tolerar
y sacar provecho de otras sexualidades, pero siempre
y cuando pueda acotarlas y asegurar de algún modo su
inteligibilidad. Al fin y al cabo, además de un modo
de producción determinado, el capitalismo es una axiomática,
es decir, un modo específico de regulación de los flujos
(de personas, objetos, ideas, imaginarios, afectos...)
y se ha hecho capaz de deglutir las diferencias, toda
vez que pueda someterlas a su sistema de convertibilidad.
El
corrimiento de fronteras y la fluidificación de las
posiciones femeninas, así como el surgimiento de posiciones
y estratificaciones nuevas, son reales. En todo caso,
por debajo de cualquier estrato, fluye, precariamente,
el afecto: capaz de porno/erotizar el cuidado, de hacer
cuidadosa la sexualidad (y sus imaginarios) y de reconectar
la atención a la comunicación encarnada, cuidadosa y
erótica entre frágiles cuerpos pensantes.
3.
El cuidado, con su lógica ecológica, se opone a la lógica
securitaria reinante en el mundo precarizado.
El
contexto actual está marcado por la conjunción de macropolíticas
de seguridad y su correlato cotidiano, las micropolíticas
del miedo. A gran escala observamos cómo los gobiernos
occidentales justifican la aplicación de estas políticas
securitarias como una respuesta a la presente configuración
geopolítica, fuertemente marcada por la "amenaza
terrorista". Estas macropolíticas se articulan
día a día con micropolíticas del miedo, directamente
relacionadas con la desregularización del mercado laboral
y la inestabilidad que ésta genera. Simultáneamente,
el consumo trata de imponerse como único remanente de
actividad pública y desaparecen espacios de socialización
organizados entorno a otros ejes. La lógica securitaria
triunfa como forma de hacerse cargo de los cuerpos y
va filtrándose en los distintos estratos de nuestras
sociedades. En este contexto de incertidumbre y desterritorialización,
la precariedad ya no es sólo una característica de los
peores empleos. Hoy en día podemos hablar de precarización
de la existencia para referirnos a una tendencia
que atraviesa a toda la sociedad, que se alimenta y
alimenta el clima de inestabilidad y miedo. La precariedad
funciona como chantaje, porque somos susceptibles de
que nos echen de nuestro empleo mañana aunque hoy tengamos
contrato indefinido, porque los alquileres, las hipotecas
y los precios en general suben pero nuestros salarios
no, porque las redes sociales están muy deterioradas
y la construcción de comunidad es hoy en día una tarea
complicada, porque no sabemos quién nos cuidará mañana...
La lógica de la seguridad se fundamenta en el miedo,
se concreta en prácticas de contención y genera aislamiento
al persistir en presentar problemas sociales como individuales.
Las practicas de contención convierten a los sujetos
que necesitan cuidados y derechos o bien en pobres víctimas,
o bien en sujetos peligrosos para el resto de la sociedad
"normalizada" que han de ser sujetados y controlados
en nichos bien establecidos. En la actual situación
de recorte de derechos, las medidas sociales disminuyen,
su enfoque es fundamentalmente asistencialista y de
control, y su objetivo es tratar de mantener un orden
que perpetúa la confusión entre estar en situación de
riesgo o vulnerabilidad y ser peligrosa. Para desempeñar
esta tarea de contención, proliferan nuevos agentes
sociales, como las compañías privadas de seguridad y
las ONGs, que conviven con viejos dispositivos –los
cuerpos de seguridad del Estado y las instituciones
disciplinarias siguen jugando su papel.
Frente
a esta lógica imperante, nuestra apuesta consiste en
recuperar y reformular la propuesta feminista de la
lógica del cuidado.
Un cuidado que aparece aquí como modo de hacerse cargo
de los cuerpos opuesto a la lógica securitaria, porque,
en lugar de la contención, busca la sostenibilidad de
la vida y, en vez de en el miedo, se basa en la cooperación,
la interdependencia, el don y la ecología social.
Buscando
una definición del cuidado, identificamos cuatro elementos
clave:
–
virtuosismo afectivo: se trata de un criterio de ecología
social, que rompe con la idea de que el cuidado pasa
porque alguien te quiera y lo presenta más bien como
un elemento ético que media toda relación. Este virtuosismo
afectivo tiene que ver con la empatía, con la intersubjetividad,
y contiene un imprescindible carácter creativo, constituye
la vida y la parte del trabajo (tanto remunerado como
no remunerado) que no puede ser codificada. Lo que se
escapa al código nos sitúa en lo que no está dicho aún,
abre el terreno de lo pensable y vivible, es lo que
crea relación. Tenemos que tener necesariamente en cuenta
esta componente afectiva para desentrañar el carácter
radicalmente político del cuidado,
porque sabemos –esta vez sin lugar a dudas– que
lo afectivo es lo efectivo.
–
Interdependencia: partimos del reconocimiento de la
dependencia múltiple que se da entre las
los habitantes de este planeta y contamos con
la cooperación social como herramienta imprescindible
para disfrutar en y de él. La tarea de politizar el
cuidado pasa por abrir el concepto y tirar de los hilos
que lo componen: cuidados remunerados económicamente,
cuidados no remunerados, autocuidado y aquellas actividades
que aseguran, en definitiva, la sostenibilidad de la
vida. Las personas dependemos unas de otras, las posiciones
no son estáticas y no son sólo "los otros"
los que necesitan ser cuidados. La propuesta consiste
en desestabilizar estas posiciones, que cuando están
mediadas por una relación laboral quedan todavía más
fijadas, porque queremos pensar las relaciones más allá
de las mediaciones mercantilistas, según la lógica del
don, donde se da sin saber qué, cómo y cuándo se recibirá
algo a cambio.
–
Transversalidad: cuando hablamos de cuidado nos referimos
a una noción con múltiples dimensiones. Como ya hemos
visto comprende trabajos de cuidados remunerados y no
remunerados, difumina la falsa línea que persistentemente
dibujan a su alrededor quienes se piensan independientes
y entrecruza de forma indisociable lo material y lo
inmaterial (aspectos relacionales, emotivos, subjetivos,
sexuales) de nuestras vidas, necesidades y deseos. El
cuidado está en esferas mercantiles y en aquellas que
se mantienen al margen del mercado, está en el hogar
y fuera de él, combina multitud de tareas y requiere
de diferentes conocimientos específicos. El cuidado
pone de nuevo de manifiesto que no podemos delimitar
claramente tiempo de vida y tiempo de trabajo, porque
su labor precisamente consiste en fabricar vida.
–
Cotidianeidad: el cuidado es esa línea continua que
siempre está presente, porque si no, no podríamos seguir
viviendo, sólo varía su intensidad, sus cualidades y
su forma de organización (más o menos injusta, más o
menos ecológica). Estamos hablando de la sostenibilidad
de la vida, es decir, de tareas cotidianas de ingeniería
afectiva que nos proponemos visibilizar y revalorizar
como materia prima de lo político, porque no queremos
pensar la justicia social sin tener en cuenta cómo se
construye en las situaciones del día a día.
Virtuosismo
afectivo, interdependencia, transversalidad y cotidianeidad
constituyen, pues, los ingredientes clave de un saber-hacer
cuidadoso, fruto de la inteligencia colectiva y corpórea,
que rompe con la lógica securitaria y abre, así, grietas
en los muros del miedo y de la precarización. Pero,
ojo, esto no es una receta para mujeres sacrificadas,
sino una línea sobre la que insistir para la transformación
social radical.
4.
En
la actualidad, uno de los desafíos biopolíticos fundamentales
consiste en inventar una crítica de la actual organización
del sexo, la atención y el cuidado y una práctica que,
partiendo de éstos como elementos dentro de un continuo,
los recombine para producir nuevas formas de afecto
más liberadoras y cooperativas, que pongan el cuidado
en el centro pero sin separarlo del sexo ni de la comunicación.
¿Y
qué significa esto de "poner" el cuidado en
el centro y en qué sentido esta propuesta es capaz de
convertirse en un desafío biopolítico?
Cuando
hablamos de "poner" nos referimos, más exactamente,
a re-poner. Porque el cuidado, tal y como lo entendemos,
ya está, de hecho, en el centro. Aún más: siempre ha
sido y continúa siendo, hoy más que nunca, el centro.
El centro en el sentido de principio y de principal,
como arché de la existencia humana y de las relaciones
sociales. Porque el cuidado es lo que hace posible la
vida (la genera, la alimenta, la hace crecer, la sana…),
lo que la puede hacer más alegre (creando relaciones
de interdependencia entre los cuerpos) y más interesante
(generando intercambios de todo tipo de flujos, saberes,
contagios), lo que puede darle, en definitiva, algo
de sentido.
Pero esta realidad, que ya ha sido silenciada en el
denostado ámbito de la reproducción y una y mil veces
rescatada de las mistificaciones patriarcales por las
críticas feministas de la economía política, vuelve
hoy a difuminarse incluso en los, por lo demás, imprescindibles
análisis del posobrerismo italiano sobre el trabajo
inmaterial, las formas de explotación y las posibilidades
subversivas de las nuevas formas del trabajo. Uno de
los errores más graves de estos análisis reside, siguiendo
a Negri, en "la tendencia a tratar las nuevas
prácticas laborales de la sociedad biopolítica atendiendo
solamente a sus aspectos intelectuales e incorpóreos.
Sin embargo, en este contexto, la productividad de
los cuerpos y el valor del afecto son absolutamente
esenciales".
Por lo tanto, nuestro envite de poner el cuidado en
el centro consistiría, entre otras cosas, en rescatar
la componente afectiva del trabajo inmaterial de la
periferia o el silencio a los que lo suelen relegar
los análisis de la realidad y en reconocer la imposibilidad
de separarla de la materialidad de los cuerpos –pese
al empeño del capitalismo tardío en hacerlo. En definitiva,
en volver a situarlo en el lugar que le corresponde
y que, de facto –insistimos– ocupa
Volviendo
al continuo: sólo si las chachas, las putas, las telefonistas
eróticas, las becarias, teleoperadoras, trabajadoras
sociales, enfermeras, amigas, madres, hijas, compañeras,
amantes…, sólo si las cuidadoras, que somos todas y
que habríamos de ser todos, redescubrimos el papel fundamental
del trabajo (remunerado o no) de cuidados y de la riqueza
social que produce y lo sacamos de la invisibilización,
hiperexplotación, infravaloración u oprobio social del
que es objeto, sólo entonces estaremos preparadas para
extraer de él su fuerza transformadora.
Una
vez sacado a la luz, el potencial revolucionario del
cuidado podría devenir la lógica que rigiese nuestras
vidas, sustituyendo, no sólo a la lógica secutiraria,
sino también a esa otra lógica que la subyace: la de
los imperativos del beneficio. Ahora son los intereses
del capital los que determinan la producción (el qué,
el cómo y el cuándo se produce), los espacios (las casas
que habitamos, el diseño de nuestras ciudades y pueblos,
la propia geografía mundial y sus fronteras) y los tiempos
(el trabajo y el ocio, las prisas, la intensificación
del tiempo). Pero ¿por qué no empezar a imaginar y construir
una organización de lo social que priorice a las personas,
que atienda a nuestra sostenibilidad –desde el acceso
a la alimentación hasta el derecho al afecto–, que se
oriente hacia nuestro enriquecimiento como seres humanos
–desde el acceso al conocimiento, la formación y la
información hasta la libertad de desplazarnos por el
mundo–, que escuche nuestros deseos? Éste es el desafío
biopolítico.
Y
para llevarlo a cabo necesitamos herramientas. Una de
ellas es la huelga de cuidados. Parece una paradoja,
sí, porque la huelga es siempre interrupción y visibilización
y el cuidado es esa línea continua e invisible cuya
interrupción sería devastadora. Pero sólo hace falta
dar un giro de perspectiva para ver que la paradoja
no es tal: la huelga de cuidados no sería sino esa interrupción
del orden que se produce ineludiblemente en el momento
en que ponemos de verdad el cuidado en el centro y lo
politizamos.
Así,
la huelga se nos aparece en primer lugar como interpelación:
"¿cuál es tu huelga de cuidados?". Interpelación
lanzada a todas: a las que hacemos de chachas, de amas
de casa, de putas, de enfermeras, de teleoperadoras...
lanzada también a las que pensamos las ciudades, para
que éstas faciliten los encuentros, a las que inventamos
puentes, para que por ellos crucen los afectos, a las
que imaginamos mundos, para que en ellos la economía
del beneficio sea reemplazada por la ecología del cuidado…
y, cómo no, a los hombres –¿o es que nunca vamos a terminar
con la mística que obliga a las mujeres a cuidar de
los otros aun a costa de sí mismas y al hombre lo hace
incapaz de cuidar siquiera de sí?, ¿o es que nunca vamos
a dejar de ser tristes hombres o mujeres y comenzar
a degenerar las impuestas atribuciones de género?
En
segundo lugar, la huelga se nos aparece como práctica
cotidiana y múltiple: habrá quienes propongan transformar
el espacio público, ahora convertido en espacio de consumo,
en lugar de encuentro y juego preparando un "reclaim
the streets", quienes sugieran organizar un
paro en el hospital cuando las condiciones de trabajo
no permitan atender a los enfermos como se merecen,
quienes decidan apagar hoy el despertador, cogerse una
baja y homenajearse el día y quienes prefieran unirse
a las demás para decir basta a los clientes que se niegan
a ponerse condones... habrá quienes se opongan a la
deportación de menores del centro de "acogida"
en el que trabajan, quienes se atrevan –como
la asociación de afectados 11-M– a llevar el cuidado
al debate político proponiendo medidas y rechazando
utilizaciones partidarias de su situación, quienes tiren
el delantal por la ventana y se pregunten ¿a qué tanta
limpieza?, y quienes reúnan fuerzas para exigir que
los cuiden como tetrapléjicos y no como pobrecillos,
como personas sin recursos económicos y no como estúpidos,
como inmigrantes sin papeles y no como delincuentes
en potencia, como personas autónomas y no como dependientes
institucionalizados. Habrá quienes…
Porque
el cuidado no es una cuestión doméstica, sino un asunto
público y generador de conflicto.
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